domingo, 8 de marzo de 2020

LOS AMNÉSICOS, DE LA PERIODISTA GERALDINE SCHWARZ




            La actual visibilidad femenina representa un nuevo tiempo que facilita asumir colectivamente las responsabilidades sociales más cotidianas, y reconocer el papel ejercido por ellas en el mundo privado del crecimiento personal y desarrollo del tejido social durante siglos. Se acabó su ciclo de invisibilidad. Este escrito es hoy, 8 de marzo, mi modesto homenaje al cambio histórico que busca colocarlas en plano de igualdad con los hombres.
Al trabajo oculto que practicaron, que no clandestino, le corresponde ahora un salario y un reconocimiento moral justo, una proyección exterior económica y profesional, después de haber ejercido entre sombras un poder imprescindible para mantener la estabilidad social.
            Llegó el tiempo de poner fin a su existencia como seres invisibles que no podían reclamar las medallas que les correspondían por el cuidado de los mayores, de los hijos, de la educación, del espacio público de la ciudad, del respeto a la naturaleza. Del mismo modo, llegó la oportunidad de no ignorar sus logros en todos los ámbitos culturales, científicos y económicos donde consiguieron situarse pese a la obstrucción masculina.
         Estas semanas se ha cruzado en mis pensamientos otra significación del concepto social de invisibilidad, que engarza con una palabra que representa una lacra social que arrastramos muchas sociedades europeas: amnesia colectiva. El pretexto es la reciente lectura del ensayo de la periodista franco alemana Géraldine Schwarz, Los amnésicos. Historia de una familia europea, que luce el galardón de mejor ensayo europeo editado en 2018. Cuando se impone invisibilidad a amplios sectores sociales a la vez que se promueve la amnesia, para no reconstruir un pasado traumático en el que una parte de la sociedad impuso con violencia su programa a la otra parte, nos encontramos ante sociedades enfermas que nunca avanzan en el ámbito del reconocimiento de lo que realmente son, nunca quieren identificar el origen del que proceden.


         Schwarz demuestra a lo largo de un extenso razonamiento muy bien documentado cómo el genocidio y los crímenes contra la humanidad realizados por los nazis, con el apoyo tácito francés del régimen de Vichy y otras naciones europeas, contaron con la actitud de mirar hacia otro lado practicada por numerosos sectores sociales de su país. La periodista pone el acento en la amnesia asumida por la mayoría de alemanes. Esta actitud en alemán se define con la palabra mitläufer. Todos ellos fueron actores secundarios, actores participantes, en definitiva, en los crímenes contra la humanidad. Geraldine Schwarz desenmascara a los ciudadanos callados -entre ellos algunos de sus antepasados-, que hicieron la vista gorda a lo que estaba aconteciendo y cedieron ante el atractivo de determinadas actuaciones del Reich que les produjeran beneficios, como fue el hecho de explotar negocios incautados a los judíos. No mostrar desacuerdo ante un gobierno criminal y dictatorial, y beneficiarse de sus arbitrariedades es, en realidad, una forma de complicidad.



          En el conjunto del marco cronológico que reconstruye en su ensayo, desde 1939 hasta 2017, podemos reconocer que el retraso y la resistencia conservadora a poner en revisión el golpe de estado franquista y la posterior dictadura de cuatro décadas en España, constituye un elemento no tan diferenciador de los procesos seguidos en Francia y Alemania para condenar el nazismo. Porque la misma resistencia social a aceptar la reparación política, que supone aplicar una ley de memoria histórica para arrinconar la amnesia colectiva, existió en la sociedad alemana cuando finalizado el III Reich se tardaron 40 años en reconocer públicamente los crímenes cometidos contra un amplio sector de la población en nombre de la limpieza étnica y el antisemitismo criminal.
Hasta 1985 no se produjo una confesión pública y explícita de un dirigente alemán, el presidente democristiano Richard von Weizsäcker, en unos términos que Konrad Adenauer o Helmut Khol nunca pronunciaron. Weizsäcker reconoció la responsabilidad del pueblo alemán en el holocausto y su culpabilidad en los crímenes del nazismo antisemita. Hasta entonces el discurso oficial practicaba las ambigüedades, aunque el juicio de Nuremberg promovido por los aliados hubiera intentado aplicar un veredicto ejemplar en los años 1945-46. Luego, la caída del Muro de Berlín consolidó ese reconocimiento de la culpa colectiva al revisar la locura social creada por Hitler y sus numerosos apoyos, tácitos o silenciosos, que encontró en la sociedad alemana.


Con Francia sucedió algo parecido, según la periodista Schwarz. Hasta 1995 no se reconoció ni se condenó el apoyo que obtuvo el holocausto en el territorio galo desde donde salieron trenes repletos de refugiados y judíos con destino a su muerte en crematorios instalados en territorios controlados por los nazis. Debieron pasar 50 años para que Jacques Chirac, presidente de signo conservador, decidiera enterrar la política defendida por los amnésicos europeos y reconociera públicamente que el régimen de Vichy, constituido en la Francia ocupada por los nazis, había participado en los crímenes del holocausto. El socialista Mitterrand durante sus largos años de poder omnímodo nunca asumió esa culpabilidad y su respuesta a las acusaciones de amnésico era: “Vichy no es Francia”. Los crímenes de Vichy no formaban parte de la gloriosa historia francesa en la que se cuenta que aquel período histórico sólo se superó gracias a la Resistencia de los franceses que consiguió echar a los nazis del país con la colaboración final de los aliados.
       En España era impensable que el franquismo pidiera perdón a sus víctimas republicanas. Después de los 38 años de dictadura de Franco, desde 1976 hasta la aprobación de la ley de memoria histórica que aconteció en 2007, pasaron 29 años, un plazo de tiempo en cierto modo más corto que el empleado por Alemania y Francia para superar la amnesia y reconocer la culpa, ya que en estos países no se implantó al finalizar la guerra mundial una dictadura como la española.
Las corrientes de fondo que marcan el devenir social son especialmente lentas e invisibles en determinados temas en los que la culpabilidad y el trauma colectivo se esconden para poder hacer frente al presente, o simplemente porque la mordaza de una dictadura obliga a ocultar el dolor sin duelo para sobrevivir.
         Tal vez en esta combinación de invisibilidad con amnesia colectiva se encuentran las claves de la sorpresa y el dolor atávico que produce escuchar hoy en el parlamento español opiniones de la extrema derecha y determinados políticos conservadores que representan todo lo contrario de los valores de la democracia construida gracias a la actual Constitución y a la tradición de la II República. ¿De dónde salen esos rugidos, ese machismo hinchado de fascismo? ¿Cómo se han podido alimentar durante las últimas décadas valores de intolerancia y aniquilación del contrario?
Hasta ahora no se les había prohibido manifestarse, no se había decretado su invisibilidad. Pero se les había obligado por ley a  abandonar la amnesia y la manipulación de la historia colectiva pasada. Y sin embargo ahí se mantuvieron, transformados en larvas, hibernando en las cloacas del país, invisibles, mudos. ¿De dónde salen esos rugidos que promueven el miedo a la libertad y reclaman la presencia de dictadores salvapatrias? Quiénes no sólo les escuchan sino que también aplauden y lanzan por sus bocas los mismos insultos a la inteligencia ¿dónde han estado viviendo estos años, donde estaban agazapados, en qué país han nacido? Qué débil transmisión de valores democráticos se ha producido entre generaciones en nuestro país para desmontar la ideología franquista que ahora resurge de las tinieblas.
Leyendo el ensayo de Geraldine Schwarz descubrimos la amnesia que ha acompañado durante décadas a amplias capas de la sociedad europea y lo costoso que ha sido asumir la responsabilidad ciudadana de que el holocausto se produjo porque numerosos ciudadanos lo apoyaron. Pienso, como conclusión de mi reflexión, que se puede establecer una cierta relación entre las invisibles y los amnésicos, por tratarse de sectores sociales que no ayudan a superar acontecimientos traumáticos y estructuras injustas. Las primeras porque tienen prohibido participar en la vida pública y los segundos porque con su silencio dejan hacer a los dictadores fascistas y perdonan sus culpas.

(Las fotos con que ilustro el artículo corresponden a un viaje a Berlín, que programé en otoño de 2008)

                                                                                      




domingo, 23 de junio de 2019

GUSTAVO ALMEIDA, PASIÓN POR EL ESCENARIO

"Vértice" es el nombre del cuarto disco de Gustavo Almeida, brasileño afincado en Galicia. Y es también el contenido musical fundamental de la gira de conciertos que Gustavo está ofreciendo por diferentes ciudades españolas durante 2019. Hace unos días le tocó el turno a la capital del Turia, ciudad precisamente donde realizó toda la producción del disco en los estudios del músico y productor Nacho Mañó (miembro del emblemático grupo Presuntos Implicados). Asimismo es el lugar donde el cantante comenzó su trayectoria profesional impulsada por Assisi Producciones, Música y Compromiso.
He tenido la fortuna de incluir en el disco libro que ha editado un texto mío -por generosa petición del cantante- en el que imagino que Gustavo me encomienda la tarea de presentar su concierto anticipando desde el micrófono a los espectadores lo que van a ver, el artista que van a encontrar sobre el escenario. En el texto, que titulo "Para encender el corazón", invito al lector a  descubrir a Almeida a través de unas letras y melodías que le salieron de las entrañas, con sentimientos y pasiones de muy variada modulación.
Pues bien, ahora, después de volverlo a encontrar iluminado por unos focos en Valencia, no se trata de imaginar sino de confirmar que la pasión de este cantante sabe cautivar al espectador que decide asistir a sus conciertos. Su noche valenciana estuvo llena de intensidad, cálida interpretación y excelente ejecución musical.


"Fué de repente", en castellano y en brasileño; "El escenario", ese espacio en el que sueña a diario aquel niño hijo de la artista que de mayor decidió colgar las botas de futbolista; el amor que siempre escapa en "La deuda del universo"; "El cielo siempre se abre" para quienes no tienen las llaves del futuro y de las ilusiones; "Entre el cielo y el olvido" todo lo vivido no se pierde si el camino es la verdad; y así otros cautivadores temas de amor y desamor van completando el concierto que ya había visto por primera vez con motivo de su estreno en el Teatro Principal de Pontevedra. Pero la melodía que nunca pasa desapercibida, y que Gustavo interpreta mirándose hacia dentro, es "Tú nunca estarás sola", dedicada a su hija Isabela y al espacio infinito que ocupa en su corazón -en cierto modo también evoca a su hijo Luan- :"...ni siquiera cuando todo el mar se seque... ni aunque la misma soledad te abrace fuerte y no te suelte...tú nunca estarás sola".



En el espectáculo la presencia de Nacho Mañó, situado con su guitarra bajo la luz tenue del foco azul, transmitía la imagen de ser mucho más que el productor del disco. Como ángel protector descendió con vuelo reposado a recoger al acelerado Gustavo, que entregado a su pasión por el escenario y por interpretar sus creaciones con el cuerpo y el alma encendidos, se había saltado una de las canciones previstas. Le recordó que había que ajustarse a la planilla del espectáculo para alcanzar el ritmo propuesto. 
La canción "Sabías", que Nacho y su compañera en la vida y en el escenario Gisela Renes incluyeron tiempo atrás en el disco "Tonada de luna llena", formó parte de la magia de esta noche valenciana, pues ambas voces crean un contrapunto muy sugerente dado los orígenes de sus ejecutores: Brasil y Argentina.



En el escenario el juego de seducción que despliega Gustavo no tiene un número marcado, como sí que sucedía cuando años atrás jugaba en un equipo de fútbol y salía al césped con la camiseta numerada, formando parte de un colectivo de deportistas. Sobre las tablas del teatro se la juega sólo, perfectamente arropado por dos guitarras más la suya, un piano y un batería (en determinadas actuaciones la banda se amplia). Y es que sus conciertos son un encuentro de soledades en el que Gustavo se emplea a fondo, y consigue conquistar la emoción de nuevos oyentes para su música.



En el disco libro "Vértice" el interprete dedica un amplio espacio a explicar el camino que recorrió para llegar a la grabación definitiva del trabajo y poderlo presentar en compacto a sus numerosos seguidores. Finaliza su testimonio escrito con estas palabras que vencen inseguridades, las que cualquier creador honesto genera antes de su estreno o de su actuación, Luego, sobre el escenario, las dudas se transforman en crecimiento, emoción y placer. "Si el fin era este, toda la travesía ha valido la pena. Todo lo vivido no se pierde si el camino es tu verdad. Antes o después se confirma que valió la pena andar".
Después de ver a Gustavo Almeida sobre un escenario en Valencia creo que -como ya he escrito en su disco- siempre canta para encender el corazón. Con sus canciones es imposible mostrar tibieza, indiferencia, distancia.





domingo, 28 de abril de 2019

¡LA LECHE!, REVISTA CULTURAL PARA NIÑOS QUE CAMBIAN EL MUNDO

Cada número intenta ser diferente. Cada comparecencia informativa con el joven lector no sólo cambia el mundo exterior, la estación meteorológica, la temperatura ambiental, transforma también la interacción psicológica que reclama para leer el contenido del número de 64 páginas. En cada cita periódica altera la cabecera con la que se ofrece a los/las seguidores/ras. Esta revista ¡La Leche! es realmente una leche cada ocasión que comienzas a leer sus numerosos temas y secciones: revista para los que nunca hacen trampa, revista para los que tienen buena puntería, revista para los que repiten postre, revista para los que tienen sueños y sueño... y así hasta que dure el apoyo de los lectores. Quienes la hacen son editores inagotables, infatigables, siempre a punto de renovarse e indagar.


Con generosa humildad inició esta aventura hace pocos años Gustavo Puerta Leisse, amante de los libros y las librerías, especialista en la critica literaria y en la escritura para niños y jóvenes. La alimenta rodeado de un seleccionado equipo de escritores, ilustradores y pedagogos, dispuestos a encontrar nuevos caminos en la información que merecen recibir los pequeños cuando pretenden acercarse al mismo mundo que vivimos, disfrutamos y padecemos los mayores. Este es precisamente el valor añadido de la publicación: el sumario de temas comparte intereses de muchas generaciones, y aunque el estilo literario no abandona el tono didáctico, pedagógico y cercano, para el lector experimentado su lectura sigue siendo un placer informativo.
El editor de la revista subraya tres factores como objetivo prioritario de quienes diseñan y llenan de contenido el tazón informativo de ¡La leche!: las posibilidades que abre la comunicación escrita con los niños, la oportunidad de reflexionar sobre el presente y la finalidad de poder compartir su trabajo y creatividad con el lector. Yo añado una cuarta observación, después de haber experimentado con la lectura de varios números. La manera de abordar los temas impulsa una comunicación no reglada entre los adolescentes y los adultos que comparten la publicación. Está pensada para que la lean y entiendan los niños, pero sin vivir ajenos al mundo ya determinado y adulto que les rodea. Favorece la comunicación intergeneracional.


Gustavo busca en su memoria infantil argumentos para encontrar el tono de la publicación. De entrada el autoritarismo queda absolutamente relegado. "A muchos adultos les cuesta argumentar. No están acostumbrados a explicarles a sus hijos o alumnos por qué deben hacer algo", confiesa abiertamente. "Tampoco son capaces de satisfacer la necesidad que tienen los niños de comprender aquello que les obligan a aprender. Muchas veces detrás de esta reacción autoritaria se halla la pereza. Pensar requiere un esfuerzo. Explicar exige análisis, tiempo y dedicación. Discutir demanda atención, escucha y cierta dosis de humildad".
Y esa falta de esfuerzo adulto es la que le condujo a una frustración ortográfica que sólo ha podido solventar al llegar a mayor y disponer de un espacio escrito para articular la respuesta que en su día no quisieron ofrecerle. "De niño le pregunté a mi maestra por qué la palabra vehículo lleva una hache intercalada. "Deja de buscarle los tres pies al gato" fue su pedagógica respuesta", afirma. De modo que hoy el lector de ¡La leche! puede encontrar la respuesta aplazada, todo un dossier dedicado al sentido de la ortografía en la comunicación. Y de paso le recuerda a la perezosa maestra que "si le buscas los tres pies al gato, es posible que descubras con fascinación que tiene cuatro patas, que te preguntes por su rabo, que te plantees por qué los humanos hemos perdido la cola, que imagines cómo sería nuestro día a día si tuviéramos este apéndice flexible".


Los contenidos corresponden a un abanico de intereses muy diversos. Desde la situación actual de la Antártida, las características del antiguo Egipto o el mundo cerrado de Corea del Norte, a las nuevas formas de amar entre personas del mismo sexo, el mundo de los sueños o la vida social de las plantas. Los encartes permiten jugar y establecer una manipulación manual para apropiarse del buen papel y excelente edición que caracteriza a la revista. Y nunca faltan un disco y una película recomendados, que ocupan las últimas páginas del número.
Para mi fue una sorpresa descubrir el expositor de ¡La leche! en la última edición de Baba Kamo, festival y feria del libro ilustrado, que ocupó el claustro gótico del Convent del Carme, en València, el pasado diciembre. Si queréis disponer de más información, en este correo podréis encontrarla: buzon@revistalaleche.com.



domingo, 13 de enero de 2019

PRESENCIA DE CAMERÚN EN LA BIBLIOTECA DE VALÈNCIA

Mirar la realidad desde el objetivo de una cámara fotográfica corresponde a uno de los grandes placeres que tenemos las personas que deseamos conocer más a fondo todo lo que vamos viendo en nuestro acontecer diario. No importa que sean situaciones cotidianas ya conocidas; ser fotografiadas las dota de una novedad, como si por primera vez fueran observadas. Si son hechos novedosos, espacios, paisajes, personas que miras con gesto de desconocidas, el objetivo agudiza, en ese supuesto, el poder de análisis, cercanía, descubrimiento, proximidad.
La escritora y fotógrafa valenciana Maluy Benet aparentemente lo tenía fácil cuando viajó a tierras de Camerún y decidió escribir un diario literario y gráfico de la experiencia. Todo le resultaba extraño. Su mirada deseaba absorber rostros, paisajes, grupos de personas, vida cotidiana. Se sentía mentalmente desnuda ante la gente de un continente en el que no cabe adentrarse con juicios previos arrastrados desde Europa. De modo que su cámara enfocaba el encuadre que la propia realidad social y física le ofrecía. Ni había elección previa del tipo de mirada ni tampoco pretendía embellecer lo que no percibiera como heróico.
Por estas y otras razones el visitante que recorre la exposición de fotos, llamada "Presències", que ofrece en la Biblioteca de València, situada en el maravilloso crucero del antiguo hospital de la ciudad, se enfrenta a un relato iconográfico espontáneo, natural, escasamente manipulado, muy alejado de las hazañas épicas por ríos acelerados o por estepas desérticas donde tigres y leones acechan la llegada del turista motorizado. Maluy ha conseguido en su observación de la sociedad tradicional camerunesa fusionarse con la forma de reir y llorar de sus mujeres y niños. En la imagen que os muestro he intentado aproximarme visualmente a este pensamiento que me surgió en la exposición que visité acompañado por la autora. Las mujeres en las fotos cubren su cabeza con una media calabaza multicolor, negación festiva de los habituales cascos protectores de sus guerreros.


Cada instantánea se muestra acompañada de una cita literaria procedente de obras de escritores de la literatura contemporánea, que nos ayuda a entender las formas de vida de los países africanos que tienen su salida al mar en la costa del amplio golfo de Guinea. Los 400 kilómetros de litoral que posee Camerún, limitando al norte con Nigeria y al sur con Guinea Ecuatorial, representan la cota más baja de un país en el que sus montañas tierra adentro superan los 4.000 metros. Al contraste geográfico le acompaña la dualidad cultural, francófona y anglófona, procedente de un pasado colonial, que acabó en 1960, en manos de Francia y Reino Unido.
Javier Reverte recuerda al visitante de la exposición que en África la paciencia no es una virtud, es una necesidad. Precisamente Maluy tuvo a veces que esperar pacientemente para conseguir la imagen del rostro que deseaba reproducir. En los poblados de tradición animista se cree que cuando te sacan una foto te han robado el alma. Así que era necesario enfocar a los compañeros de expedición para poder descubrir lejos y detrás de ellos, entre sus cabezas, el rostro local que deseaba inmortalizar, ajeno a la supuesta usurpación de su espíritu. También el teleobjetivo le ayudaba a captar la situación de manera espontánea sin previo aviso, sin indicar a los protagonistas de la imagen lo que debían hacer o expresar.
El conjunto de fotografías que nos ofrece esta escritora valenciana refuerza su manifiesta admiración profesional por el trabajo de José Manuel Navia, maestro en la foto de paisajes y costumbres. A esta fuente de inspiración técnica, añade su curiosidad de escritora dispuesta a descubrir y transmitir nuevos mundos, nuevas vidas, nuevos ángulos de percepción social. Como la imagen de un joven ciclista que captó circulando por un sendero de tierra seca, sin ninguna medida de protección personal ni advertencia de que al otro lado del camino la caída en el vacío podía arrastrarle a la muerte.  


Pitoa, Tourou, Nkongsamba, Foumban, Maroua, Pouse, Kribi, son nombres que corresponden a las diferentes paradas y poblaciones de aquel viaje realizado por Camerun hace unos años, cuando la amenaza yihadista de Boko Haram contra la región situada al norte del país no había situado la actualidad camerunesa en la primera plana de la prensa internacional. Asimismo la dictadura presidencialista en la que se asienta el poder político de Camerún salta ahora a los medios informativos, como un ejemplo más de las jóvenes repúblicas africanas que superaron el colonialismo y que todavía desconocen lo que es la democratización de la vida pública y de los recursos económicos. La esperanza de vida de los cameruneses, situada en los 54 años, es uno de los índices más bajos del mundo. Entristece dejarse llevar por la alegría de vivir que muestran los jóvenes protagonistas de la exposición y saber que su proyecto vital se interrumpirá antes del tiempo deseado.


Maluy Benet incorpora a la extensa bibliografía literaria que posee como escritora en valenciano, unas colaboraciones muy especiales en libros de fotografía, presentados en ediciones que fueron objeto de especial atención cuando salieron al mercado. Se trata del libro de Cristopher Makos dedicado a la comunidad valenciana  y del catálogo y exposición del reconocido Sebastiao Delgado que formó parte de la programación de la Bienal de València. También fué responsable de la parte fotográfica del libro "Sentiments", editado por el Grupo 10. El fotógrafo estadounidense Cristopher Makos -recordemos- entró en el mundo de la fotografía de la mano del artista Man Ray, cuando el artista americano inició una etapa de residencia en Europa. De vuelta a Nueva York enseñó el oficio a Andy Warhol.  

domingo, 30 de diciembre de 2018

TRAS LAS HUELLAS DE UN MAESTRO REPUBLICANO


Las historias de maestros y maestras republicanos ya van conquistando una extensa bibliografía y un catálogo importante de producciones audiovisuales en nuestro país, resultado de la regulación política de la memoria histórica y de una nueva conciencia social e intelectual. Para regenerar la vida pública española muchos pensamos que es imprescindible dar voz y sepultura a los que fueron víctimas de la guerra española y víctimas también de la manipulación ideológica e histórica implantada por el régimen de Franco en la posguerra. Esto no es reabrir heridas. Al contrario, esta acción social y cultural es intentar aproximarnos a la verdad y superar el dolor de la pérdida y la ausencia que se mantiene vivo en el corazón de muchos españoles. Además, consiste en una buena medida política preventiva, para ser conscientes de lo que conllevaría apoyar una política dictatorial y fascista en el futuro.

    El comentario lo hago a propósito del libro del profesor Ángel Luis López Villaverde, "El ventanuco. Tras las huellas de un maestro republicano" (Almud Ediciones de Castilla La Mancha), que tuve la fortuna de presentar en la pasada edición del Festival Cinema Ciutadá Compromés, en la sesión que pasamos un documental de Paco Picó dedicado a Rodolfo Llopis, dirigente socialista que hizo de la docencia y la pedagogía un instrumento para crear personas libres. El volumen está escrito a raíz de la investigación que ha permitido reconstruir la biografía de un maestro republicano, Gervasio Alberto López Crespo, el abuelo del autor, víctima de las dos Españas, la republicana y la fascista, que dirimieron el futuro del país a lo largo de tres años de guerra civil provocada por el golpe de Estado de los militares y los falangistas, entre otros sectores sociales, para aplastar la legalidad de la II República. 


     Esta biografía está  marcada por las nuevas posibilidades educativas que impulsó el dirigente socialista Rodolfo Llopis, en aquellos años, desde la dirección general del ministerio republicano. Los destinos profesionales de Llopis y López Crespo se cruzaron en Cuenca antes de la república, a principio de los años 20 del pasado siglo. El autor del libro adopta como propias las palabras de Josep Fontana en las que se denuncia la falsa equidistancia que aducen los conservadores cuando se niegan a impulsar la memoria histórica. “Confieso que nunca he entendido que se pueda valorar del mismo modo una república que formó maestros, abrió escuelas y creó bibliotecas públicas en los pueblos, y un régimen militar que asesinó a maestros, cerró escuelas y bibliotecas y quemó libros”.

       Con una fidelidad absoluta al conocimiento de su abuelo, fusilado en el paredón y representante de la España que quería aprender y saber, López Villaverde ha agrupado la biografía en tres grandes episodios: primero, los años en los que el pastor Gervasio, nacido en un pueblo de La Alcarria, aprende y se transforma en Don Gervasio, maestro de Almagro y otras poblaciones de las provincias de Ciudad Real, Cuenca y Guadalajara. En la segunda parte seguimos el itinerario ideológico del maestro que adquiere primero conciencia sindical en UGT y luego descubre el proyecto republicano en Izquierda republicana sin renunciar a su arraigada fe católica. El tercer período de la biografía es el más triste, es el que ha marcado la tragedia familiar a la que dedica el autor su libro, la violencia roja y azul que torturó a Gervasio Alberto, pese a que ejerció en su comunidad de persona justa y marcada por la dignidad social. Lo descubrimos en el libro como una persona que intentó no perder la esperanza, observando el trozo de cielo, que el pequeño ventanuco de su encierro, junto a la Plaza Mayor de Almagro, le permitía ver cada día, a pocas fechas de producirse su ejecución.


     El autor aprovecha la biografía de su abuelo para dar vuelo y perspectiva a la microhistoria que representa su trayectoria vital y familiar, y ese camino metodológico le permite seguir escribiendo la gran historia contemporánea de la sociedad manchega, de la sociedad local de la ciudad de Almagro, haciendo uso de investigaciones anteriores, de archivos y numerosa documentación que convierte la lectura del libro en una tarea entretenida, atractiva y sugerente. Para organizar el relato cuenta no sólo con los testimonios, recuerdos y archivos de la familia, amigos y vecinos, sino también con las colaboraciones que López Crespo publicó en varios semanarios de la época exponiendo sus opiniones sobre la sociedad, la educación y la cultura. De manera especial en la revista La Tierra Hidalga y después en el semanario conservador Renovación, donde hizo pública su fe republicana. Recordemos que el protagonista del libro ejerció de maestro en una sociedad atrasada, donde era analfabeto uno de cada dos hombres y dos de cada tres mujeres.

     La confesión republicana que Gervasio escribió en esos medios esconde ecos que todavía hoy se pueden escuchar en España: “Ser republicano equivale a ser señor de sí mismo, soberanos de sus propias decisiones, forjador de sus propias leyes, tener conciencia de su propio valer… ser monárquico, en cambio, equivale a cesión de derechos, a abandono de funciones, a confiar nuestro porvenir en  la suerte de los hados”. Este libro  es un acto de amor a la memoria familiar y a la verdad histórica, es un acto de reconocimiento a los valores republicanos que por desgracia en la historia española han tenido, hasta ahora, un recorrido institucional muy corto: dos años en el siglo XIX y ocho en el siglo XX.


      La reconstrucción informativa que nos ofrece el historiador López Villaverde, se sitúa entre los diferentes géneros narrativos que han practicado antes que él numerosos historiadores, escritores y novelistas, que han dedicado a esta etapa de la historia española, un ensayo, una biografía, una crónica, una encuesta documentada, y yo añadiría, una novela sin ficción. ¿Se encuentra El ventanuco en la línea literaria de esta última variedad de género?

     Valoro esta biografía como un libro de libros. En sus páginas encontramos constantes referencias a los libros y ensayos que el autor ha leído para construir y documentar su relato. Las últimas 150 páginas del volumen son tan interesantes como las 300 páginas primeras dedicadas a la vida del maestro homenajeado. Y son interesantes porque el autor habla en primera persona y muestra sin reservas los hilos manejados por otros autores que le han permitido tejer su emotivo relato.

     Confieso que cuando conocí el título del libro me quedé desconcertado. No sabía a qué se refería. Pero al leer la biografía ya lo entendí. Lo explica con detalle el autor. El ventanuco es una pequeña apertura en una pared, que todavía se puede contemplar desde la plaza principal de Almagro, que en el 36 fue una cárcel y ahora representa la fuerza evocativa e imaginativa que López Villaverde ha empleado en la reconstrucción de la vida de un ser querido al que nunca conoció. El ventanuco es el único espacio por donde pudo entrar un rayo de luz en un período negro, violento, destructivo y agresivo de la vida española. El autor se ha inspirado en ese rayo de esperanza que le transmitía ver desde lejos la pequeña ventana, para rendir un justo homenaje a su abuelo, a sus padres y tíos, a todos los maestros y maestras republicanos que intentaron dar dignidad y autonomía a millares de jóvenes ,que en su mayoría vivían rodeados de analfabetismo en las zonas rurales. López Villaverde sigue contemplando el ventanuco, testimonio de la prisión que existió en Almagropara expresar su fidelidad a un pasado familiar que ha marcado y marca el tiempo presente de la sociedad en la que vive.

jueves, 13 de diciembre de 2018

JOSÉ MONLEÓN, ILUMINADOR DE SOMBRAS


En la colección "Libros de la Academia", una iniciativa de la Academia de las Artes Escénicas de España (AAEE), ha aparecido una interesante selección de escritos pertenecientes al gestor y teórico del teatro José Monleón. Con este libro publicado dos años después de su muerte es fácil reconstruir su pensamiento social y político, la memoria de su vida, su visión del arte, su compromiso con un teatro abierto a la paz y al ser humano diferente. El título del volumen es José Monleón o el iluminador de sombras, cuya edición he tenido la fortuna de compartir con su hija Ángela Monleón. Ella me ofreció la oportunidad de ayudarla en su construcción respetando lo más posible el código vital, cultural y teatral que caracterizó la trayectoria del fundador del Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo.
          El proceso que debimos seguir para llegar a los 28 textos que conforman la edición resultó largo y laborioso. Son textos que tienen todo tipo de formato y de registro literario. Unos son conferencias transformadas en lecciones literarias y otros, textos que se reescriben después de una intervención pública para fusionar lo dicho con lo  que se quiso decir. Monleón ejerció de intelectual que se presentaba como una persona muy libre en las diferentes facetas de su vida, y también en el uso de los códigos de escritura. En sus innumerables intervenciones públicas usaba ante un auditorio entregado el tipo de oratoria y lenguaje que consideraba más apropiado para el espacio social en el que se encontraba.
        Al empezar a pensar en los materiales del libro, quisimos inventariar los temas y los argumentos que le fueron preocupando en sus diferentes etapas vitales. Se trataba de agrupar las principales líneas, los ámbitos esenciales en los que situó sus preocupaciones vitales, sus inquietudes culturales y políticas, sus descubrimientos teatrales, sus retos profesionales.
       A partir del año 2000 mostró interés por dejar escritos determinados episodios de su vida, la infancia y la adolescencia, las vivencias de la guerra civil y del primer franquismo. El libro La travesía reúne esos testimonios. Su contenido no pretendía ser unas memorias completas, pero ya mostraba su especial interés por incorporar la vida personal a los libros, artículos y conferencias, ofreciendo una imagen vibrante de intelectual que agrega a su razonamiento, el corazón y la emoción de sus experiencias.
        Quisimos imaginar que además de ser una persona que siempre defendía su libertad de opinión, supo también ejercer de rebelde con causas, en las que incluso sometía a revisión su propia conducta o sus propias determinaciones. El perfil de amotinado de Aranjuez le iba como anillo al dedo. Pepe -recuerdo ahora- primero iba a la contra, en un pulso inicial ejercía la crítica, pero luego intentaba construir complicidades y sumar voluntades para crear cuerpo social.
       Era evidente que su análisis del teatro conservador español durante el franquismo se había nutrido de clases dadas en las aulas, de centenares de artículos y críticas teatrales publicados en Triunfo, Primer Acto, Diario 16...  En ese inmenso espacio de escritura debíamos encontrar parte de los textos elegidos para el libro. Monleón militó en el rescate de la cultura republicana, mutilada y exiliada por el golpe de estado de Franco y la inevitable guerra civil. Max Aub, Rafael Albertí, Miguel Hernández, García Lorca, Valle Inclán, José Ricardo Morales corresponden a la nómina de obras y autores a los que se entregó en cuerpo y alma desde los años 60. 
    La trayectoria vital de Monléon experimentó una transición y transformación cultural mucho antes de que el dictador diera su último suspiro en El Pardo. Antes de 1975 ya había descubierto y escrito sobre el teatro europeo de vanguardia en festivales donde Grotowski, Stanislawsky o Artaud, proponían nuevas formas de dramaturgia y de consideración del trabajo actoral. Conoció anticipadamente la nueva escena europea. Pero mientras ponía un pie en nuestro viejo continente, el otro pisaba tierra firme por América Latina, donde desplegó un importante trabajo informativo y un activismo teatral que mantuvo vivo toda su vida. En esos espacios internacionales es donde imaginó e impulsó una nueva manera de considerar el flamenco. Lo sacó del tablao para subirlo al escenario y le incorporó el sentido dramatúrgico que mantenía oculto. La Cuadra de Sevilla es la compañía española que representa perfectamente lo que Monleón soñó e imaginó cuando llevaba espectáculos flamencos al Teatro de las Naciones de París.
          Aun nos quedaban otras áreas que tomar en consideración para completar el sumario del libro. Gestionó festivales, fue pionero en crear plataformas culturales. Puso en marcha el Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo convencido de que desde el sur geográfico y social, desde el sur mediterráneo, se podía profundizar en una cultura de paz y de aceptación del otro diferente. No queríamos olvidar  que durante largos años ejerció de profesor de Sociología del teatro en la RESAD y escribió en los medios informativos crítica teatral, para subrayar las propuestas que eran innovadoras o desautorizar las producciones que suponían una involución. Los artículos de reflexión sobre su oficio, sobre los actores y los directores, sobre la autoría y la representación teatral, debían también integrar el índice del libro.
        Y por último, otro argumento básico a valorar era consecuencia de su militancia por la paz. En los últimos tiempos Pepe mostró una profunda preocupación por potenciar el encuentro de las tres culturas, el encuentro de las diversas religiones, para que la paz no fuera por imposición o por negación del otro, sino por síntesis y fusión de los mensajes de la tradición mediterránea. De ese modo Ángela y yo, al llegar al final del camino investigador y recopilador, descubrimos que el niño de la guerra, que había descubierto la violencia muy pronto, de adulto se había transformado en militante de la paz y la interculturalidad.

          Rodeados de académicos y amigos hemos presentado el libro en el Teatro de la Comedia, en Madrid. Ha sido un emotivo homenaje, dedicado a un hombre de teatro que se anticipó a las encrucijadas que ahora estamos viviendo. Un ciudadano del mundo que vivió las realidades y el tiempo en directo, para transformarlos en pensamientos y escritos que ahora recuperamos. 




domingo, 9 de septiembre de 2018

SIGUIENDO LOS PASOS DE STEWART Y BRENAN EN LA ALPUJARRA

Cuando el hispanista Gerald Brenan descubrió La Alpujarra, al sur de Sierra Nevada y al este de Granada, en los años 20 del pasado siglo, andaba buscando un refugio arraigado en el mundo de la naturaleza. Puso condiciones: que costara el poco dinero del que disponía, y que el pueblo elegido permitiera olvidar la vida urbana, industrial, victoriana, universitaria y militar que había ocupado su juventud. Al final eligió la población de Yegen, situada en el área de influencia de Ugijar, pero en realidad hubiera deseado instalarse en la Axarquía malagueña o en otras latitudes de montaña más cercanas al mar.
El polifacético Chris Stewart (ex batería de Génesis y esquilador de ovejas, entre otros oficios) al llegar a La Alpujarra ya había satisfecho la llamada de la naturaleza en anteriores etapas vitales. Por ello, comprar el cortijo en ruinas El Valero, en los alrededores de Órgiva, suponía olvidarse de aventuras. Buscó un asentamiento en un mundo hecho a su medida para tener hijos, cuidar de animales, cultivar frutales y practicar una economía autosuficiente. Y para contar esta hazaña vital en libros. Abandonar el nomadismo para arraigarse en las tierras de Al-Ándalus, que siempre fascinaron a los románticos británicos, más que una huida significaba para Chris y esposa poder realizar la vida a la que aspiraban. En definitiva, se trataba del proyecto de reconstruir en el siglo XX la útópica vida rural del Beatus ille del poeta Horacio.
Brenan cita precisamente al latino Horacio en las primeras páginas de la crónica viajera y antropológica que dedicó a aquel tiempo, y que incrementó su fama entre los lectores españoles que le habíamos descubierto al leer El laberinto español, en Ruedo Ibérico: "Me sonríe más que ningún otro/ aquel rinconcillo, donde la miel/ no desmerece de la del Himeto/ y la verde oliva compite con el Venafro,/ donde la primavera es larga y donde/ Júpiter otorga tibios inviernos..."
Olivos, vides, frutales, fuentes, cursos de agua por todas partes, panorámicas de horizonte ilimitado, carreteras endiabladas con buen firme y giros de todo tipo, calles con pendientes de vértigo... forman parte del escenario alpujarreño que he descubierto, con estas referencias librescas en la cabeza, en el nuevo viaje que he realizado este verano por la vertiente sur de Sierra Nevada. Y todo ello envuelto en un silencio constante.



Mi primera incursión en La Alpujarra la hice hace bastantes años con un pequeño grupo viajero, guiados por el amigo y periodista Javier Valenzuela. Los pueblos de Bubión, Pampaneira y Trevélez nos acogieron poco tiempo, porque los fuertes vientos de aquel mes de abril obligaban a andar por las calles agarrados a unas barandillas que ayudaban a avanzar y no perder el equilibrio. Acortamos la estancia en esta zona de influencia de Órgiva para refugiarnos en la ciudad de Granada y en su Semana Santa.
En aquel tiempo Chris Stewart todavía no había descubierto su cortijo imaginario ni había despertado la curiosidad de los numerosos viajeros, que ahora desearíamos ser protagonistas de sus experiencias, pisando el territorio que nutre las historias de sus cuatro magníficos libros. Esta parte occidental de La Alpujarra, la más cercana a Granada, ya gozaba décadas atrás de fama turística, mientras que la oriental y la perteneciente a Almería se ofrecían como destinos de mayor dificultad, anclados en una vida antigua y tradicional.
Pues bien, mi curiosidad en esta ocasión ha venido marcada por el precedente de Brenan, pero sobre todo por los ingleses coetáneos que desembarcaron en la comarca de Ugijar y Guerín en los años 90 buscando un tipo de vida más vinculado al mundo alternativo de Mayo del 68 y a las primeras experiencias hippies de Ibiza, Woodstock y California. Así que decidimos entrar a la zona desde el mar, por las carreteras de Almería, y disfrutar de la acogida social de varios núcleos de población situados en los alrededores de la calzada que cruza Sierra Nevada de norte a sur, alcanza los 2.000 metros y desciende hacia tierras de Guadix.



Nuestros guías en esta ocasión han sido ingleses anónimos y españoles con memoria, que se sienten solidarios con los habitantes de la última tierra andaluza que ocuparon los pueblos del Islam cuando la corona decidió transformarlos en moriscos y tiempo después expulsarlos de sus tierras y propiedades para ser abandonados en el Magreb. Británicos románticos como los que viajaron a Andalucía en el XIX han sido los inspiradores del viaje que he realizado este verano.
Una tierra perteneciente a los moriscos, gentes que intentaron hacerse fuertes en estas montañas de Sierra Nevada cuando su rebelión fue aplastada sin piedad. En Válor está la supuesta casa de Abén Humeya, último rey de los moriscos. El novelista Ildefonso Falcones en su libro La mano de Fátima describe la increíble violencia desatada por las tropas españolas contra niños y mujeres en los valles y barrancos del pueblo de Juviles durante aquel episodio histórico.
Las poblaciones visitadas (Picena, Laroles, Júbar, Mairena) han perdido vecinos en los últimos años, pero en verano siguen siendo el destino preferido de los habitantes que emigraron a Barcelona y Madrid. También los que descienden al litoral para trabajar en el mar de plástico de agricultura intensiva de Almería regresan felices. Los que vuelven construyen casas nuevas y reviven viejos tiempos en fiestas y excursiones.
En estas latitudes la vida cambia poco. Los del barrio de abajo, que tenían menos recursos, aspiran a construirse la nueva casa en el barrio de arriba. Los pueblos se configuran en una especie de ancha escalera, asentada en la ladera, para que todos disfruten de los paisajes del valle. La vida cotidiana permanece fiel a los tiempos difíciles. El gallo sigue rompiendo el silencio del amanecer. Las pisadas del primer paseante acompañan el último sueño del visitante. Los estrechos y empinados callejones amplían el eco de las conversaciones como si fueran el principal acontecimiento del día.
Se continúa construyendo de la misma manera. Techos horizontales, sin tejas, protegidos por grandes losas de piedra cubiertas con una gruesa capa de launa apisonada (arcilla que se extrae de los barrancos), que protege de la humedad y da peso al tejado. Y en una esquina se coloca un canalón para evacuar directamente el agua de lluvia sobre la pendiente de la calle. En el interior se enyesan y encalan los muros de la casa dejando las paredes con imperfecciones y sinuosidades. El último piso es el más apreciado: la azotea para secar alimentos y la terraza para otear el horizonte. El piso más bajo mantiene su puerta más pequeña porque era la entrada del ganado y de los aperos de labranza.






Los británicos que aterrizaron por aquí las últimas décadas, compraron y restauraron casas, colaboraron con la población local en el relanzamiento de la cultura y el ocio, promocionaron la gastronomía alpujarreña. Al final de un día pudimos comprobarlo en un encuentro de la música y danza flamenca con la hindú, programado gracias al arraigo que estos inquietos ingleses impulsan a través del festival Me vuelves Lorca. Cinco ediciones cultivando la memoria del gran poeta granadino. La bailaora Belén Maya y la cantante y bailarina Amina Khayyam transformaron el escenario colocado sobre la antigua era de Laroles, donde se trillaba el trigo, en un balcón de arte abierto a la noche mágica de Sierra Nevada.
Al día siguiente en Jóbar participamos de la fiesta flamenca del grupo local No me toques las palmas que me conozco, y degustamos el guiso de la olla monumental después de comer bocadillos y aperitivos. La pista de baile correspondía a la explanada de la iglesia, una antigua mezquita construida en el siglo XII, que también acogió un tiempo a los sefardíes locales. De manera que las tres culturas protegen esta fiesta popular en un pueblo que permanece activo, colgado en la ladera meridional del Mulhacén y Veleta.



Otra jornada decidimos ascender la sierra para descubrir lo que se esconde al otro lado, en las tierras de Guadix. Seguimos la enrevesada carretera para alcanzar con la vista la panorámica de los paisajes del Marquesado de Zenete. Y la sorpresa fue enorme. Al norte de Sierra Nevada practicamente divisamos un desierto, que en otro tiempo estuvo dedicado a la extracción de minerales. En el castillo palacio de La Calahorra, el Marqués de Zenete, hijo reconocido del Cardenal Mendoza, reunió lo mejor de la arquitectura y el arte renacentistas. Una joya cultural situada fuera de ruta en este paraje de territorio áspero y seco, sin árboles. El nombre del marquesado procede de la palabra árabe sened, que significa subida, falda, cuesta del monte.
En Picena tuve oportunidad de conocer a un vecino, rapsoda autodidacta, que nos regaló el recitado de un poema que había escrito para ensalzar su pueblo cuando siente nostalgia en las tierras catalanas ,donde emigró. Con una sabiduría muy distinta a la que encontramos en los libros y vidas de Brenan y Stewart, nos fascinó con un poco de cultura arraigada en la tierra y el agua: "De abundantes almendrales, oh Picena, cómo estás, el vergel de tus barrancos que Granada aquí nos da/ Y en la vega tantas flores, nuevas semillas dejaran, y ese nombre de Picena por el mundo llevaran./ Picena, ¡ay Picena!, dulce nombre, tierno hogar, con la flor de tus olivos me pareces un altar".



Y después de diez días en esta tierra escondida, abandonamos, con aire renovado y los oídos acostumbrados a escuchar el silencio, estas rutas viajeras que permitieron a las gentes del Islam prolongar su vida en España sin despertar excesivos recelos. Un tiempo de tregua aparente que no duró mucho. Mientras tanto, dejaron unas raíces culturales, transformaron un paisaje agrícola y crearon unos núcleos de población, que los viajeros, y de manera especial algunos ingleses, encontramos hoy todavía sin contaminar.