miércoles, 6 de junio de 2018

PIO BAROJA Y JUSTO SERNA


A lo largo de los años hemos construido nuestra biblioteca con criterios que han ido evolucionando igual que nuestras vidas. Al principio colocas un volumen detrás de otro porque todavía no son muchos los libros que tienes que guardar. Más tarde la acumulación te obliga a ordenarlos por temas, por materias, por formatos. Quieres satisfacer unas preferencias lectoras muy relacionadas con tu trabajo. Pero cuando te descubres colocando los libros encima de las sillas o sobre las mesas porque ya no tienes espacio para poner nuevas estanterías, se te plantea elegir entre los que deseas conservar y aquellos que puedes regalar o vender. A partir de ese momento tu biblioteca se va organizando de acuerdo a tus nombres preferidos.

El concepto de biblioteca de autor o de autores resulta idóneo en un tiempo actual en el que la inmediatez, la propuesta de consumo rápido, la oferta constante de quemar en pocos días y horas estímulos y novedades, nos impulsa a ir de un autor a otro. Ese tipo de biblioteca, con demostrado arraigo en el mundo editorial,  permite conocer los aspectos poliédricos de la obra y la vida de los creadores. Porque los literatos, cuando son buenos, reúnen en sus creaciones una manera coherente de ver la vida, de reconstruir un período histórico, de describir la cultura de un pueblo, de un país, ofrecen una manera personal de descubrir el ser humano. El concepto biblioteca de autor incluye, por supuesto, todos los ensayos y escritos dedicados a analizar esa producción literaria firmada por el mismo nombre y apellido.


Creo que este es el verdadero sentido de la colección Baroja y yo que nos presenta el editor Joaquin Ciáurriz, en la que el historiador Justo Serna ocupa un lugar preferente entre los veintitantos autores que irán publicando su manera de acercarse y entender la literatura y la personalidad de Pio Baroja.

El nombre de Baroja formó parte, por prescripción paterna, de la biblioteca de libros ordenados consecutivamente por fecha de compra que Justo comenzó a formar cuando era adolescente. A raíz de ese hecho descubrió que su padre había sido un lector oculto durante bastantes años. Sólo empezó en 1973 -recuerda Justo en el libro que voy a comentar- a hacer ostentación de sus volúmenes, a mostrar físicamente los libros que consumía, a declararse un gran lector. Una preciosa manera de señalar que ya estábamos haciendo la transición social. Leer, tener libros, no era una vergüenza, tener ideas propias no era un delito social. 

La recomendación paterna para formar esa biblioteca iniciática estaba formada por una santísima trinidad de la literatura española: Cela, Delibes y Baroja. La sugerencia que recibió Justo era muy precisa: elegir entre leer La Colmena o La familia de Pascual Duarte, Cinco horas con Mario o Viejas historias de Castilla la Vieja, El árbol de la ciencia o La busca


Afortunado Justo que pudo crecer en el cultivo de las letras acercándose a la España trágica y rural de un futuro premio Nobel, que empezó a leer reconociendo la España verde de una vallisoletano universal e imaginando la España urbana, científica y europea de nuestro querido Pio Baroja. No sé por qué la primera y probablemente falsa impresión que tuve es que Baroja podía ser disolvente como lo había sido Quevedo en su tiempo, escribe Serna.

Justo tiene que ser consciente de que otros crecimos con el mandato paterno de leer Gironella, Vizcaíno Casas y las dietas con potasio de Ana Maria Lajusticia. En el colegio fue un poco distinto porque Las inquietudes de Shanti Andia, de Baroja, estaba en la lista de lecturas recomendadas junto al nombre de Martin Vigil, Hemingway, Cervantes y Larra.  


También don Pío Baroja tuvo su biblioteca de iniciación al mundo de los libros, unas publicaciones, que según describió en sus reflexiones de madurez, le ayudaron a elegir un conjunto de valores morales, valores democráticos de tolerancia y libertad sin condiciones, en definitiva de cultura crítica. Aquella biblioteca tuvo como autores preferentes a Julio Verne, Nietzsche, Darwin y Kant, según nos cuenta don Justo. Casi nada: ciencia y ficción al servicio de un siglo XX, que Baroja ayudó a conformar en sus creaciones, al proponer y crear un futuro desde el pesimismo nacional que le había situado como valor destacado en la generación española del 98.

La pieza central del libro se encuentra en el capítulo El personaje como lector, dedicado a analizar la novela El árbol de la ciencia, escrita por don Pio en 1911, a juicio de muchos su mejor novela. Estas páginas son un prodigio de síntesis e interpretación construido por el bagaje intelectual exigente al que Serna nos tiene acostumbrados en sus libros y artículos. El personaje central Andrés Hurtado es un buen ejemplo de la experiencia vital y la imaginación literaria de Baroja. Este libro, con título que comparte botánica y ciencia, escrito a la manera de un episodio nacional galdosiano o de una novela ejemplar cervantina, ofrece lo mejor del perfil cultural de don Pío: amor por la ciencia (era médico aunque no quiso ejercer), amor por los libros, amor por la filosofía, amor por la libertad individual.



Andrés Hurtado, el personaje, es un gran lector y posee su biblioteca. Los autores que la integran son Darwin, Schopenhauer, Nietzsche y Kant, entre otros. También Hurtado es un voraz lector de novelas francesas, en donde quería adivinar su porvenir. Lo que no distinguimos mirando sencillamente por la ventana lo aprendemos leyendo novelas -escribe Justo-. Lo que no conseguimos atisbar lo logramos viendo lo que otros inventaron para nosotros. No todo es estudiar en el joven Hurtado o en el maduro Serna, en efecto. Hay mucho sobre lo que instruirse sin moverse y sin escrutar.

En Baroja habrá siempre un inquisitivo racionalista, un estudioso que desconfía del género humano: de esa especie cuya taxonomía puede establecerse -escribe Justo en el capítulo dedicado a El árbol de la ciencia-. En Baroja habrá siempre un erudito que se explaya, que se derrama, que se interroga y se responde con ardor y coraje. Hurtado caerá, Baroja resistirá. Yo me mantengo como puedo: de milagro.

Justo ha buscado establecer su relación personal con el mundo y la obra de Baroja al subrayar el contexto de un autor que vive con los libros y que crea unos personajes literarios que, a su vez, también leen dentro de las novelas y recrean su vida acumulando libros. Por ello le llama lector impenitente, definición que asimismo podría aplicar a la pasión que Serna mantiene por la lectura y por la escritura de libros desde hace años. Creo que como historiador de contemporánea podría haber elegido otra óptica para describir su relación con Baroja: la de cronista de una realidad social, la de literato de una época española descrita a través de unos personajes que ilustran adecuadamente la España de al menos cinco décadas situadas en el cambio de siglos del XIX al XX. Este valor de la obra de don Pío don Justo no lo niega: Los historiadores tenemos la sospecha de que Baroja observó, analizó y criticó unos mundos bien reales, una España de ficción, una condensación de la España de su tiempo. Justamente por eso lo leemos. Pero eso no es suficiente para que mantenga su vigencia hoy. Baroja sigue siendo actualidad porque: nos procura placer -afirma Serna- el placer del texto, la dicha de una narración con aventura moral y agudas observaciones… Su escritura es precisa, tajante, sin desmayos ni concesiones cursis. Su prosa es un depurativo.

En el libro que comento se incorpora una cita del discurso de Baroja pronunciado cuando ingresó en la Academia Española en 1935, es decir, en plena II República. En el texto destinado a tratar el tema de la formación psicológica de un escritor, don Pío lamentaba haber leído tantos libros, especialmente novelas, sin elegir la calidad de los autores, porque un día descubrió que desconocía las obras maestras de la literatura universal. Y expresó a los académicos sus dudas: ¿no hubiera sido mejor leer, como los antiguos, cinco o seis obras bien?


En otra página encontramos una cita de la obra Las horas solitarias, escrita por Baroja en 1918, sobre lo que es un lector bueno y lo que es un lector malo. El bueno es ese lector tranquilo, según don Pío, que va recogiendo pausadamente las impresiones que le da el autor sin impaciencia ni prisa. Y a continuación el adolescente Justo, aquel que recibió el mandato paterno de elegir obras de Baroja, Delibes y Cela, reconoce su deseo: Yo quería obrar como ese lector bueno, tranquilo, pausado. Pero su realidad lectora era todo lo contrario, se situaba en el lector malo descrito por don Pío: saltaba las páginas que le aburrían y buscaba el resultado final de las tramas e intrigas propuestas por los autores. Suerte que Baroja había reconocido ser un lector malo, y el joven Justo pudo sublimar su sentimiento de culpa. Si lo defiende don Pío –pensó- quiere decir que lo puedo seguir haciendo. Ya habrá tiempo cuando sea adulto para leer sin prisas ni urgencias.


Aunque Pío Baroja y el joven Justo justificaran la mala lectura, quiero realizar una defensa de la lectura pausada, la lectura destinada a conocer el conjunto de la obra de un autor y de los ensayos que su obra desencadena. El conocimiento en profundidad produce un placer inmenso. La biblioteca de autor, de autores, es una opción de madurez vital, de calidad superior a la biblioteca organizada por orden temático o por el orden cronológico de adquisición.

Desde esta perspectiva cultural hay que aplaudir la atractiva iniciativa del editor Joaquin Ciáurriz, porque ayuda a que inauguremos o ampliemos en nuestras estanterías la biblioteca de Pío Baroja. Y, por supuesto, quiero recomendaros el ensayo de Serna, que nos muestra a un maduro escritor que ha abandonado las urgencias de un joven lector que comenzó a vivir y a soñar leyendo a Baroja.

(Las fotos pertenecen a la presentación del ensayo de Justo Serna en la librería Ramón Llull de València)

sábado, 14 de abril de 2018

LA NIETA DE JUAN NEGRÍN

Hoy es 14 de abril. Una vez más celebramos la proclamación de la II República española en 1931. ¿Qué tendrá abril para que sea el mes de unas cuantas revoluciones sociales y cívicas de los últimos tiempos? Los claveles de Portugal estallaron de color y canciones un mes de abril sobre los tanques y vehículos militares. Lo mismo se puede decir del mes mayo. Los adoquines de las viejas calles de la Sorbona volaron por los aires un mes de mayo, empujados por la ira de jóvenes y estudiantes que estábamos dispuestos a cambiar el mundo de nuestros padres, y en España la dictadura en la que habíamos nacido.  Las expectativas que genera la primavera se fraguan con una savia y energía que empujan los sueños desde la utopía a la concreción real. 
La I República, la de 1873, sólo se recuerda en los libros. Fué más fría y breve, una república de invierno. Comenzó en febrero y en diciembre acabó. Sólo dió tiempo para vivirla durante dos veranos. Creció entre dos reyes, uno Amadeo de Saboya el breve, y otro, el que la enterró, Alfonso XII el restaurador. 
En estos tiempos del siglo XXI no parece que la puesta en marcha de la tercera República española vaya a ser un intermedio entre dos monarcas. Llegará -¡a saber cuando!- por el poder democrático de las urnas para poner el punto final a una larga historia de la monarquía española, para que la jefatura del Estado no sea una cuestión de sangre o derecho hereditario sino una representación mediadora, consecuencia del poder parlamentario.
Es de agradecer las frecuentes inciativas que tenemos oportunidad de vivir en Valencia para recordar y acercarnos de una manera más real y eficaz a aquella República, que de haber continuado habría evitado el tiempo muerto que representó para la historia española, en muchos aspectos, la vuelta de la cultura reaccionaria, alimentada por la Iglesia dogmática, y la negación de la libertad de pensamiento y expresión política.
Disfruté al escuchar hace unos meses a Carmen Negrín, nieta del médico Juan Negrín, expresidente de la República, en el hemiciclo del Ayuntamiento de València recordando la presencia de su abuelo en ese mismo espacio de representación política. Recordó las tensiones políticas que generaron las cortapisas intelectuales que el estalinismo quiso imponer al II Congreso Internacional de Escritores para la defensa de la Cultura, reunido en nuestra ciudad para denunciar el acoso y derribo de la democracia que el fascismo estaba imponiendo en Europa.
Esta presencia sectaria del estalinismo también fue caballo de batalla en el congreso que Ricardo Muñoz Suay coordinó en Valencia en 1987 intentando reunir un abanico de voces intelectuales parecido al que acudió a la capital del Turia siguiendo la consigna internacional de bloquear la expansión del fascismo.
Carmen preside la Fundación Negrín (ubicada en Las Palmas de Gran Canarias), donde el inmenso archivo familiar está permitiendo a los investigadores contar el verdadero destino y empleo del llamado -por los franquistas- "el oro de Moscú". También ha favorecido devolver a la figura socialista de su abuelo el protagonismo político que le correspondió ejercer para salvar a toda costa a la República española, pese al boicot del poder aliado europeo y a la oposición interna de sectores republicanos. Cuando íbamos a escuchar a la nieta de Negrín subimos por la imponente escalinata de acceso al hemiciclo, que fué destruida por los bombardeos que soportó la Valencia republicana en la guerra civil.



Otra oportunidad de identificación republicana la tuve en los coloquios que se organizaron entre representantes actuales del mundo de la cultura española para evocar la densidad dialéctica de aquel hemiciclo municipal donde Negrín pudo expresarse en todas las lenguas que representaban a los intelectuales llegados de todo el mundo. Difícil de comprender hoy que un político español hubiera estudiado su carrera en Alemania y dominara las lenguas del continente, cuando nuestros presidentes tienen ahora la costumbre de hablar solamente el español y cuando emplean escuetamente el inglés le aplican el acento de México.
En el Convento del Carme, después del plenario municipal donde nos habían entregado un precioso libro Poetas en la España leal, un volumen de poemas escritos por Juan Gil-Albert, Antonio Machado, Rafael Alberti, León Felipe y otro escritores que apoyaron el antifascismo, la actualidad republicana se transformó en foro de debate y confidencias. Manuel Vicent, Rosa Regás, Luis Antonio de Villena, Espido Freire, Carmen Alborch, Guillermo Carnero, Sergio del Molino y otros autores dialogaron sobre la cultura de hoy desde la perspectiva del pensamiento que se generó en la República del 31. El profesor Justo Serna administró las opiniones de Elvira Lindo y Antonio Muñoz Molina para hilvanar el relato de una cultura libre, pausada y de largo alcance, que se resiste a la inmediatez, a la emergencia y al permanente politiqueo de la realidad reclamando sentencias sobre todo lo que sucede. 


 Entre las numerosas exposiciones que han reconstruido ultimamente la memoria de la República de Manuel Azaña me sorprendió gratamente que en una de ellas sirviera de epílogo una crónica que publiqué en 1981 (y que ahora he vuelto a reproducir en mi libro Crónicas de la transición valenciana) cuando murió abandonado y olvidado el cartelista republicano Arturo Ballester.  Los comisarios de la exposición del MUVIM, su director Rafael Company y el especialista Amadeo Griñó, pensaron que la crónica que publiqué en El País a raíz del entierro de Ballester, reproducida brevemente al lado de un retrato imponente de Franco pintado por Josep Segrelles, podía ser la evidencia del lamentable olvido que se aplicó a todo lo que representara memoria republicana en las cuatro décadas de la dictadura y en las primeras décadas de la recuperada democracia. Hasta la aprobación de la ley de memoria histórica no ha habido un reconocimiento público de que la parte de la sociedad española que se congeló en 1936-1939 sigue estando viva, dispuesta a crecer y evolucionar.
València sufrió numerosos bombardeos por mantenerse fiel a la República hasta los últimos meses de guerra civil. Por ello dispone de unos cuantos refugios, que al ser restaurados ahora gracias a esa nueva pasión por rescatar a la República del olvido, se están transformando en espacios culturales donde poder escuchar un concierto, asistir a una sesión teatral o de cine, donde visitar una exposición que narre la tragedia de los años 30.
Disfruté con la sesión del último Festival Cinema Ciutadà Compromès (FCCC), que organizamos los socios de ACICOM en el refugio del Ayuntamiento, abierto más o menos debajo del hemiciclo, porque conocer en un documental la investigación de la ejecución a muerte del rector de la Universidad, el doctor Peset, por decisión arbitraria de un tribunal franquista después de la guerra, daba intensidad y emotividad a los numerosos testimonios que escuchamos en la pantalla mientras intentábamos adaptarnos a la atmósfera pesada y húmeda del espacio, a la estrechez de las galerías, al sonido que nos devolvía el techo abovedado.


El poeta Gil-Albert publicó en 1937 un poema dedicado a la vid, planta que madura sus racimos en septiembre, no en abril o mayo, meses en los que maduran los frutos de las revoluciones. Lo publicó en el libro que se entregó a los congresistas que acudieron en julio de 1937 al hemiciclo municipal. Los congresistas de 2017 también recibimos el regalo de su reimpresión con un anexo escrito por el valenciano Manuel Aznar Soler, gran especialista de la cultura republicana. Algunos versos de nuestro alcoyano universal me permiten acabar esta evocación del 14 de abril.
"¿Pero cuándo, ¡oh impetuosa vid!,/ en moradas felices/ secos ya los recuerdos de estos hechos que aturden,/ osarán los vigorosos corazones/ embriagarse a sus anchas?/ Han de tardar aún/ en lejanos otoños,/ las promesas de los viejos racimos/ colgantes sobre la paz que embarga/ brotada como tú misma/ de esa oscura realidad de la muerte./ Y entre tanto en el aire,/ dispuesta a soportar una lumbre futura/ entretejen tus ramas/ las coronas de amor para el que parte,/ los adioses frenéticos que cumples/ suave,balanceante y risueña,/ tu homenaje de extraña indiferencia". 

domingo, 1 de abril de 2018

VERANO DE 1976 EN EL MUSEO DE VILAFAMÉS

Si uno de estos días vas a visitar el Museo de Arte Contemporáneo de Vilafamés (interior de la provincia de Castellón) en la recepción te recibirán la silueta completa y multicolor del fundador Vicente Aguilera Cerni, acompañado de su perro, situado a un lado del mostrador del recepcionista, y la del antiguo alguacil de Vilafamés, que te acogerá dispuesto a vender la entrada y dejarte pasar. Mientras tanto, desde el balcón que establece la escalera, el exalcalde franquista, Vicente Benet, te saludará con la mano abierta y te animará a que visites la colección con entusiasmo y curiosidad. 
Son figuras y escenas que crearon los artistas Gabriel Cantalapiedra y Antonio Bellido Lapiedra en el verano de 1976 para colocar ante las fachadas y por las calles del pueblo, con el objeto de atraer más público al museo que se había inaugurado en 1972.Y también, para convencer a los vecinos de toda la vida de que el trabajo cultural que se estaba realizando en la salas del antiguo Palau del Batlle iba a marcar definitivamente el futuro de todos ellos y sus familias.
La exposición "Records d'un temps passat", comisariada por Claudia de Vilafamés y Teresa Lidón Babiloni, reconstruye, esta vez en el interior del museo, todas las instalaciones que hace 42 años se colocaron en el espacio urbano exterior. Se ha aprovechado la ocasión para restaurar muchas de las piezas, que son memoria de las personas que desde el mundo de la cultura de vanguardia y desde  la esfera de las instituciones locales, herederas todavía de la dictadura, supieron defender un proyecto diferente y singular en aquel mundo tan gris y sombrío.





La procesión de la Virgen situada al fondo de una de las empinadas calles del centro histórico, las imágenes de Mia Farrow y Robert Redford en "El Gran Gatsby", el coraje y rebeldía de Concha Velasco, la corporación municipal dando el mitin sobre una tarima, un coche con faros de antes del led y paneles geométricos iluminados con bombillas, los figurines de los artistas nacionales pioneros en apoyar la iniciativa de Aguilera y comprar casas antiguas para restaurar... todas estas situaciones sociales se corresponden con escenas que formaron parte de la decoración pop y kitsch que Cantalapiedra y Bellido distribuyeron por las calles de tierra y piedra que sobrevivían a un abandono progresivo del centro histórico.
Sobresalía una escena de múltiples figuras, entre ellas la de Aguilera y varios artistas, situada a la entrada de la iglesia, a la que te podías incorporar, a la manera de un fotocall actual, para que quedara inmortalizada tu presencia real entre aquellos seres comprometidos con la cultura, que habían elegido Vilafamés para realizar un sueño artístico y estético.  El acierto de su proyecto lo acreditan los centenares de visitantes y turistas que estos días de Semana Santa han llenado las calles, los restaurantes y los aparcamientos del pueblo, atraídos por la renovada imagen turística que promueve la actual corporación municipal y por la nueva dinámica cultural en la que está trabajando el equipo gestor de la directora del Museo, Rosalia Torrent.  





Si comparamos las imágenes de cuando se inauguró el museo en el verano de 1972 y las que hoy podemos disparar paseando por el museo y su entorno urbano, comprobaremos el intenso camino recorrido social e individualmente. La estética gris y degradada de los últimos coletazos del franquismo frente a la luminosidad, la diversidad y la libertad de creación de la actual sociedad determinan un escenario cultural completamente distinto. El testimonio de caricatura social y de ironía política que los dos artistas plantearon en sus creaciones al aire libre, hoy se contempla con los ojos de quien recuerda la osadía del arte pop que transformó lo cotidiano, la trivialidad del mundo industrial y publicitario, en iconos de modernidad. 
Gabriel Cantalapiedra no ha podido disfrutar de esta puesta en valor del trabajo que realizó hace cuatro décadas, ya que falleció tiempo atrás. Pero sus familiares y Antonio Bellido Lapiedra (la otra mitad creativa del proyecto expositivo) han podido disfrutar la iniciativa actualizada del museo y han agregado su imagen real y bien viva a las fotos fijas de los figurines que nos permiten, al menos ilusoriamente, estar rodeados de algunas de las personas que pusieron en pie el Museo de Vilafamés y que hoy ya no están entre nosotros. 




La visita al Museo de Arte Contemporáneo de Vilafamés Vicente Aguilera Cerni (MACVAC) no defrauda, porque su característica de colección abierta, en la que el artista puede cambiar y vender la obra que deja en depósito para que se muestre en las salas, permite periódicamente renovar y sustituir las piezas expuestas. De manera que si un visitante regresa al Palau del Batlle unos años después se encontrará con nuevas esculturas y pinturas que le remiten al arte de vanguardia más representativo de la segunda mitad del siglo XX. 
El museo de Vilafamés es un raro ejemplo de la colaboración y el apoyo que algunos alcaldes franquistas, al final de su ciclo histórico, supieron prestar a intelectuales progresistas, como Aguilera Cerni, que llegó al ayuntamiento con el proyecto de abrir un museo para acoger los movimientos artísticos que precisamente se habían rebelado contra la dictadura. Otro ejemplo de esta contradicción política se descubre en Benidorm, donde su alcalde franquista Pedro Zaragoza se apoyó en los ecologistas de Mario Gaviria para preservar la calidad medioambiental de las playas del término municipal y fué abanderado del bikini frente a la iglesia inquisitorial para captar el turismo internacional.

lunes, 19 de marzo de 2018

JOSÉ MIGUEL BORJA RECREA LA MAGIA DE LOS LIBROS

Los libros de José Miguel Borja siempre viajan por todas las épocas y construyen destinos que remiten a lugares lejanos o a espacios de la geografía más próxima. Es imprevisible saber a dónde nos conduce al pasar las primeras páginas de un nuevo título. Porque su mundo de origen, Gandía, la comarca valenciana de La Safor, la tierra donde se afianzó la saga de los Borja, papas, santos y cardenales, no tiene fronteras. Por el norte puede que limite con Inglaterra y la Costa Azul, por el sur con la negritud y el esclavismo, al oeste encontraremos Chile y Cuba y por oriente alcanzaremos a los valencianos que habitaron Roma y Nápoles y llegaron a Estambul. El mundo de ficción que recrea la pluma de mi querido amigo José Miguel se mueve en un espacio universal, guiado por una inmensa curiosidad, un sentido irónico de la vida y una agudeza visual que se apodera de todo lo que ve y siente.

            Quiero destacar que su última novela que acabo de leer, La magia que nos lleva (editada por Entrelíneas Editores), me ha despertado un inmenso placer, porque los libros y las historias que se encierran en sus brillantes palabras, se transforman en seres animados a los que hay que amar y buscar sin pausas. En este caso se trata de la biblioteca antigua del último gobernador de España en Chile, legado de tres generaciones de la familia Valdivia, amigos de los Allende y descendientes de un jesuita que casó con una princesa araucana, legado que han podido disfrutar cuatro generaciones, mientras la quinta empieza a pensar en venderla. 

         
La primera parte de la novela está marcada por el gran viaje histórico y espiritual que realizan los libros y sus propietarios, en el que el lector pasa de la fantasía a la realidad histórica guiado por un narrador que es más mago que relator. La segunda parte adquiere tintes de un breve thriller en el que continúa la ambivalencia entre realidad y ficción, sueño y realidad, sin que ello inquiete al lector porque ya sabe que se está hablando de libros que tienen poderes para construir trucos asignados solamente a los magos. Esa capacidad de fascinación y de imaginación está presente en todo el relato. Da lo mismo que la capacidad de transformación que su lectura genera se encuentre en la mente del lector o solamente en las páginas impresas del volumen, porque en la novela de José Miguel Borja el cuerpo del inspector Marlowe huele a letra impresa.

            La narración, que hubiera deseado más larga para disfrutar más tiempo, es fascinante desde la primera página, como buen número de las novelas y ensayos que el autor ya ha publicado –casi una treintena de títulos-. Borja ha alcanzado una madurez narrativa en la que puede presentar un universo literario bien construido, gracias al esfuerzo de años de escritura y lectura. Como si formaran parte de un espacio inmaterial con vasos comunicantes, algunos códigos y situaciones que ahora leemos remiten a obsesiones que ya nos ha descrito. Por ejemplo, los hemisferios de Magdeburgo, invento científico que demostraba la presión que la atmósfera ejerce sobre los que habitamos la tierra. Al leer este nombre me llega el aroma de la nostalgia y el humor aplicados a las experiencias familiares de una de sus primeras novelas. Lo mismo me sucede cuando algún personaje emplea un veneno, extiende un ungüento o habla de una medicina. Su ensayo sobre medicinas prodigiosas promocionadas por la publicidad del XIX y principios del XX está presente en la memoria del lector. Ahora el autor recuerda que el libro Las muy ricas horas, del Duque de Berry, una joya de códice, dedica notoriedad a este pensamiento, que da pie al título: “Los libros son la magia que nos lleva por la vida”. Como aquel Llibre d’hores que Borja escribió en 1990.  Imagino que para un autor es un halago que le señalen estas asociaciones de imágenes y nombres que relacionan todo su universo creativo, porque demuestra coherencia, inteligencia y perseverancia en sus razones para regalarnos ficciones. 

           

Hace un tiempo tuve oportunidad de presentar su novela El nieto secreto del general Franco (Nadir Libros, 2000) y aproveché la oportunidad de resumir su perfil biográfico con una metáfora sobre el ojo humano. Creo que quise decir algo parecido a lo que a continuación escribo. José Miguel comenzó en sus años mozos curioseando los misterios de la imagen, porque descubrió en edad temprana que lo que más se aproximaba a las fantasías y ensoñaciones cultivadas en los inolvidables años de colegio de curas era precisamente el séptimo arte, las imágenes en movimiento. Su partida de nacimiento indicaba en el apartado de observaciones: “le gusta pensar en imágenes, porque es marcadamente soñador”. De modo que en sus años universitarios estudió las técnicas del cine, compartiendo aulas en Madrid con Basilio Martín Patino y otros interesantes cineastas.
            Luego descubrió que el mundo también se podía concentrar en imágenes sin movimiento, y se puso a prueba creando libros de fotos. Así podía recuperar la memoria colectiva de su gente y determinadas ciudades valencianas. Planteó la posibilidad de contar algunas vidas, culturalmente ejemplares, en un nuevo género literario bautizado con el nombre de fotobiografía.
            Pero la vida no pasa en balde y José Miguel, antes de dedicarse en exclusiva a la escritura, descubrió otro arte visual, el que aplica el óptico desde su observatorio-consulta. Comenzó a observar que tras los ojos de sus clientes se escondían unas imágenes y unos sueños capaces de construir novelas trepidantes, llenas de miradas de múltiples colores. Observando nuestras pupilas descubrió espejos que reflejaban múltiples figuras, comenzó a cultivar el oficio de escritor y rompió el miedo para construir ficciones literarias. Comenzó a intuir en cada una de esas miradas desconocidas de sus clientes, el tono y el brillo que podían adquirir sus personajes de ensueño.
Si debo definir al escritor y buen amigo del que hoy tengo el gusto de comentar su última novela, lo haría con muy pocas palabras: es un excelente coleccionista de las fotos y los libros de la vida, a los que sabe poner voz y alma, pasión, humor y memoria. Un espíritu libre y literario que sabe volar por todas las épocas de la historia.

domingo, 18 de febrero de 2018

LA ÚLTIMA NOVELA DE MARÍA GARCÍA-LLIBERÓS

La escritora María García-Lliberós ha roto sus habituales períodos de transición entre novela y novela al presentarnos "La función perdida", su nueva propuesta literaria, cuando todavía los ecos de su última narración "El diario de un sombra" seguían vivos, ocupando espacio preferente en los estantes de las librerías valencianas. Y es que, precisamente, la amplia difusión que ha tenido el diario ha sido la razón, creo, para que emprendiera pocos meses después la aventura de contarnos una ficción realista, en clave de humor e ironía, sobre lo que significa jubilarse en la administración cuando los tribunales están ocupados con procesos de corrupción y los representantes políticos hablan del ocaso de "los últimos jubilados de oro" si no se capitalizan las arcas de la seguridad social. Editorial Sargantana, firma responsable de la edición de los dos títulos, tiene en María uno de los principales carteles de su colección de literatura.
El tono realista que caracterizan las ocho novelas escritas hasta ahora por la autora, una trayectoria profesional que estrenó oficio el año de las Olimpiadas de Barcelona, mantiene un excelente tono y forma literarios en este volumen, de carácter introspectivo y reflexivo sobre lo que significa la jubilación para un ingeniero que lo ha sido todo en la administración pública y que se mira ante el espejo el primer día que no suena el despertador, preguntándose cómo reinventar su vida, cómo adaptar sus hábitos, con quien compartir sus días.

Este punto de arranque ya forma parte del código literario de nuestra querida amiga. Habitualmente la protagonista, en anteriores libros, comienza la relación con el lector poniendo al descubierto un reto que le angustia al mirar el pasado, al vislumbrar el futuro. La diferencia entre las anteriores tramas y la actual es que las 360 páginas de "La función perdida" no reconstruyen un laberinto de conflictos para alcanzar la comprensión y la explicación final de los personajes al término del relato, sino más bien aquí se apunta hacia una vida sin sobresaltos, un entorno social familiar y de amistades en el que más o menos cada pequeña epopeya ya está situada en su sitio, precisamente el espacio de la jubilación laboral, que no vital, donde los proyectos, a juicio de la escritora, son básicamente el disfrute diario de la vida, de los sentimientos del amor y la amistad, y de la libertad de disponer de un tiempo lento y previsible. 
Emilio Ferrer Fontana, exjefe del área de proyectos de una Dirección General de Infraestructuras, ha estado durante muchos años en el centro de las conspiraciones y presiones para conseguir contratas, para anticipar información sobre regulación de suelo urbano, para compensar favores políticos. Ante si mismo tiene la conciencia tranquila, excepto con un expediente en proceso de revisión judicial, y ante los demás, jefes y empleados, proyecta la misma imagen de haber sido un técnico justo y honrado, que nunca perdía el control de los procedimientos. 

Es la primera vez que María construye un personaje varón, a través de cuya mirada pasa todo el relato y sus tramas. Emílio es la única voz narrativa que juzga y analiza a hombres y mujeres, que señala y desenmascara miserias de propios y extraños. En esta ocasión algunos perfiles de mujer están marcados por un trazo grueso, casi odioso, mientras los personajes masculinos despiertan mayor complicidad. En el caso de su amigo de juventud Guillermo, también jubilado, se construye una especie de alter ego que alcanza objetivos a los que Emilio, por tener un talante más conservador, no presta suficiente atención. Varios caracteres femeninos, sin embargo, también tienen su variante positiva: corresponde al de mujeres, con un papel subalterno en la estructura social y profesional de Emilio y Guillermo, que aportan la bondad del amor, la lealtad y la fidelidad como el valor máximo para jubilarse con el corazón activo y emocionado.

La intención humorística y sarcástica es evidente en este libro de García-Lliberós, pero no en todas las situaciones que describe resulta tan brillante como cuando el narrador se dedica a investigar las infidelidades de su vecina o cuando su amigo Guillermo comparte con él los deseos irrealizables de eliminar a su esposa. El buen humor es un recurso humano imprescindible para abordar la jubilación y compensar la marginación a la que la sociedad quiere abocar a aquellos que ya no aportan fuerza laboral y genio creativo.
En las primeras líneas de "El juego de los espejos" Emerano Alcántara, de 46 años recién cumplidos, mira a su esposa Paula y emite un largo suspiro, testimonio de la batalla existencial y matrimonial que está librando en su interior, en silencio. En "Cómo ángeles en un burdel" Angélica nos anuncia el comienzo de la escritura de su diario para poder escuchar las voces interiores que le oprimen por haber vivido mucho y muy rápido. La toma de conciencia del personaje femenino en  "Lucía o la fragilidad de las fuertes" consiste en contarse su propia historia, ponerla por escrito, ordenarla, para empezar a quererse. El personaje central del abogado Joaquín, en "Equívocos", confiesa en las primeras líneas de la novela que quiere levantar acta imaginaria de su vida después de ser abandonado por su amigo y compañero Sergio. Al comienzo del "Diario de una sombra" Gabriel Pradera proyecta su muerte por no haber sabido resolver un conflicto moral que arrastra desde joven. 

Los arranques de los textos literarios de María indican, a menudo, que el personaje busca la introspección para ofrecer la explicación que el lector y el seguimiento de las tramas merecen. En "La función perdida", una buena novela de madurez literaria y vital, esa introspección no está marcada especialmente por la acción o las intrigas literarias, ni por la interacción y la evolución de los numerosos personajes de la novela. Prima más bien la reflexión del narrador, la descripción de sus observaciones, el análisis de la conducta propia y ajena, la aceptación de una realidad que viene determinada por todo lo que Emilio ya ha vivido y que ya conoce. Prima su voluntad de adaptarse a esa realidad, evitando conflictos y cambios, y de vivir el amor que su propia vida le ofrece como fruta madura de un árbol que fué poderoso, manipulador y eficiente.  

lunes, 4 de diciembre de 2017

ZAPATERO Y ARTUR MAS, CARA A CARA

Se prometía un duelo interesante. La escena televisiva podía cubrir ampliamente las expectativas de la audiencia.  Era una gran oportunidad para ver y escuchar atentamente, a cara descubierta, a dos de los políticos que más experiencia tenían, y siguen teniendo, sobre el conflicto de Cataluña en el marco nacional de España. Gracias a Jordi Évole, que se ciñó escrupulosamente a su papel de moderador -a ejercer una mediación preocupada en desatascar el juego dialéctico si se producía-, el debate siguió una dinámica y una dramaturgia de interés general.
Zapatero y Mas, Mas y Zapatero, cara a cara, protagonizaron un intento de acercamiento político. Se conocían de antemano. La supuesta confianza estaba avalada por los frecuentes y variados encuentros públicos y privados, que tuvieron durante las dos legislaturas en las que José Luis Rodríguez Zapatero ejerció de presidente del gobierno español. Se aproximaron bastante en la televisión. Hasta que uno puso sobre la mesa el respeto a la legalidad y otro el mandato del pueblo catalán, que nunca va a encontrar mayoría parlamentaria en España para satisfacerlo.
            A juzgar por las palabras y los testimonios, el espectador podía pensar que allí no había fingimiento ni interés de manipulación: los dos estaban expresando su verdad, la verdad de unas negociaciones compartidas por ambos en los años en los que fueron interlocutores de dos realidades políticas, en la actualidad antagónicas e irreconciliables. Por esta razón, porque se conocen entre ellos, y no desconfían el uno del otro, empezaron hablándose de tú. Pero pronto cambiaron el tratamiento. El espacio de grabación no era la sala de estar de su casa, sino un espacio público con audiencia garantizada. No cabía establecer un diálogo entre colegas. La penumbra, casi tinieblas –cuando el encuentro se produjo tiempo atrás con Felipe González, en el mismo lugar, había más luz eléctrica-, era la escenografía elegida por la cadena de televisión. El momento requería gravedad y dramatismo.
Hoy es difícil que un espectador informado y reflexivo no desconfíe de todo lo que ve y escucha, hasta de los programas de televisión, como este, que se inspiran en técnicas del cinema verité y, en ocasiones, del más cercano discurso del falso documental (recordemos su reconstrucción del 23F). Todo mensaje informativo está sometido a revisión, pasado por el tamiz, afortunadamente, del juego de adivinanzas y el punto de vista de la ironía.

 Artur Mas ha modelado su rostro con una media sonrisa, que hasta cuando se muestra absolutamente cabreado, desconcierta a cualquiera de sus oponentes: “¿Me está mirando con desprecio desde su atalaya? ¿Se toma a risa mis respuestas? ¿Cómo es posible que no sepa distinguir entre el drama y la comedia? ¿Por qué no cambia la expresión de su rostro?”. Y con José Luis Rodríguez Zapatero se produce un desconcierto parecido: Si uno mira sus labios y la expresión general de su boca, sin escuchar la gravedad sonora de sus palabras, estos transmiten dureza, firmeza, tragedia. Pero si desplaza la mirada a sus ojos aparece en el interlocutor una sensación de cercanía, es la mirada de quien siempre confía en que los problemas puedan resolverse pactando y negociando en el marco jurídico de la democracia. Es un interlocutor que con su boca expresa una palabra rotunda (¿la última?), mientras que con los ojos deja la puerta abierta para nuevas formulaciones del oponente, antes de que el final del drama sea irremediable.

            Aun así, no las tengo todas conmigo, no creo que acabe de dominar con mis reflexiones la escena televisiva creada por Évole, a la que asisto como espectador curioso. Y decido ir a la búsqueda del libro de Justo Serna, Bestiario español (Huerga y Fierro editores, Madrid, 2014), una semblanzas contemporáneas dedicadas a los principales actores de la política española de los últimos años, para encontrar otros rasgos de personalidad que yo no acabo de descubrir en el cara a cara organizado por la Sexta. Una semblanza –lo afirma Serna, recordando a Pio Baroja- es una recreación breve, sólo atisbada, de rasgos presentes en el sujeto retratado.
            El autor del ensayo lee todo lo que se escribe sobre los políticos españoles, sean conservadores o socialistas, sean populares o bolivarianos, procedan del comunismo o sigan poniendo velas a la Falange española. Piensa que el presidente de ojos azules se ve a sí mismo como “epítome de su tiempo, ejemplo de su generación: reúne varias características sociológicas imprescindibles y las hace valer con astucia, con maquiavelismo”. Considera que su cercanía social no es una actitud impostada, aunque la gravedad de su timbre de voz transforme en trascendental el mensaje más ligero. “Es y se sabe un calco de mucha gente. Por eso pone el énfasis en su condición corriente, en su aspecto normal: eso que tantos esperan de un tipo muy parecido a nosotros”. (¿Por qué cuando Rajoy apela a su vocación de normalidad uno no acaba de creérselo, y, sin embargo, esas palabras en boca de Zapatero acabas aceptándolas?).
            Busco el perfil de Artur Mas y me ayuda a entender la realidad. “La primera vez que vi a este político catalán [escribe Justo Serna] me dije: “Hombre, qué mozo más guapo. Tiene buena planta y un hoyuelo”. Luego me fui corrigiendo. Tiene una mandíbula que no le favorece, como de personaje de historieta, con un trazo excesivamente anguloso, firme, sobradamente viril”.  Y sigue en sus apreciaciones: “No hay manera de verlo con aspecto informal. Como tampoco hay manera de verlo sin la senyera. Tal vez, la Presidencia de la Generalitat se lo impide. Ay, el maldito protocolo […] Habla bien, verbaliza y gesticula con porte, no como Pujol, que cerraba los ojos, torcía la cabeza y balbuceaba. Pero Mas es un político que traerá la decepción y la inquina, la frustración”.

Estoy esperando que en una próxima entrega editorial del bestiario español Serna nos describa las plegarias de Junqueras y Rovira, el canto al viento de Puigdemont, las aventuras imaginativas de Miquel Iceta, la cruzada olímpica de Albert e Inés. Es un catálogo imprescindible para entender la escena política y aprender a identificar los diferentes papeles asignados en el reparto.
El profesor Serna usaba el término farsa para describir la realidad política valenciana en otro ensayo que escribió en 2013 (Ediciones Akal, Madrid, 2013) donde analizaba los personajes del drama Barberá-Camps. Los códigos de la representación teatral resultan muy adecuados para analizar el debate político. Pero entre sus protagonistas hay una diferencia radical. Los actores saben que en escena fingen un papel, ponen toda su energía en el trabajo para hacer verosímil la acción que quieren construir. Luego, fuera de escena, vuelven a ser reales y cotidianos. Da la impresión que en política hay bastantes protagonistas que toda su vida es puro fingimiento, adaptan el texto a lo que su gente quiere oír en cada momento y no a lo que piensan o la realidad sugiere.


sábado, 5 de agosto de 2017

MACASTRE :DONDE VERANEABAN LOS ESCRITORES DE LA RENAIXENÇA (II)

(Continuación del pregón de fiestas que presenté en la población de Macastre en agosto de 2017)

Ferrer i Bigné en el diario Las Provincias escribió en septiembre de 1883, sobre una tradición de los pueblos de la comarca, a raíz  de la expulsión de los moriscos. Se pensaba que en el viejo castillo de Macastre, al tenerse que embarcar hacia África precipitadamente a raíz del decreto de expulsión que firmó el monarca español, los moriscos habían dejado ocultos numerosos tesoros así como las llaves de sus casas, por si algún día podían volver. Por causa de esa leyenda se llegó a realizar un día excavaciones en el castillo, que no sirvieron para nada.

Ferrer i Bigné en el mismo artículo subrayaba que el verdadero tesoro del pueblo era la afluencia de forasteros y veraneantes, el aumento del valor de las fincas rústicas y urbanas y el desarrollo de la riqueza pública con la llegada a Buñol del tren Valencia- Cuenca- Madrid, lo que aportaba riqueza real y no fantasías a Macastre.
En aquellos veraneos de los escritores de la Renaixença, los Escalante, el matrimonio y sus seis hijos, no faltaban nunca a su cita estival con el pueblo. Para ellos Macastre era el paraíso. Desde el pueblo, el dramaturgo Eduard Escalante dirigía cartas a sus amigos de Valencia,en estos términos: “desde este ameno retiro, desde estas frescas montañas y estos pintorescos sitios, descansando sobre un lecho de romeros y tomillos a la bienhechora sombra de un frondoso y verde pino…” Y así, con estas dulces palabras, seguía su carta que, en realidad, era un poema de exaltación del verano, las vacaciones y la riqueza natural de vuestro pueblo.
Todos estos nombres de Llorente, Millás, Escalante, Ferrer i Bigné, que forman parte de nuestra tradición literaria, representaban a la Renaixença, el movimiento cultural que creó la identidad regional valenciana en el siglo XIX. La recuperación que estáis haciendo de estos hechos, de esta historia, estoy convencido que puede impulsar, de hecho ya está impulsando, un nuevo renacimiento de vuestra vida cultural y social.
Queridos amigos, queridas amigas de Macastre, disfrutad con las fiestas que hoy comienzan.
Hace más de cien años pasar el verano en Macastre era una delicia. Y hoy, en el año 2017, también es un regalo para el espíritu y el cuerpo.
Las horas se consumían comiendo los higos de la senda de Santa Bárbara, subiendo al castillo, buscando un río o una alberca para bañarse, representando sainetes y comedias, leyendo poesías y cuentos, organizando cenas de sobaquillo, tertulias y juegos de cartas.
Como se ve en esta foto de 1927, la gente gozaba en las fiestas del verano con las tracas y la música de banda. Como diría Miguel El Sarriero, uno de vuestros vecinos ilustres, usando su vocabulario macastreño: “en vacaciones los veraneantes se comían una fotraca de clavillaus”. Palabras que quieren decir que comían muchísimos higos muy maduros.
Vecinos y visitantes de Macastre. Vivís en un pueblo que sigue mirando hacia el futuro con optimismo. Hay gente joven entre vosotros, gente que nació después de la Transición, que trabaja por transformar Macastre en un pueblo acogedor, abierto al turismo cultural y rural. 
Os animo a que pongais magia e imaginación a todas las actividades que hagáis durante las fiestas patronales, como se refleja en esta foto tomada a los universitarios de Escena Erasmus en el castillo.  Gozad con la música excelente de vuestra banda Santa Cecilia, y con la formación invitada Unión Musical Lira Realense de Real, que esta noche van a actuar para todos nosotros.
Divertíos con la música de todos los estilos y ritmos, pasadlo bien con el baile y con el deporte durante los días de  fiestas. 
Esforzaos como hormiguicas inteligentes para ganar los diferentes premios del concurso de paellas. Disfrutad del buen comer y de la buena siesta. Sorprenderos con el teatro, la cultura y la pólvora.    
Felices fiestas. Bones festes.
Moltes gràcies per escoltar-me. Bon estiu.
Muchas gracias por escucharme. Feliz verano.