Las patrias – no la patria única, esencial y verdadera-
aspiran a constituir una unidad después de reunir objetivos sociales
compartidos por grupos de diferente signo. El factor que nos reúne en un
espacio político y convivencial es la voluntad de querer estar juntos, contando
con la responsabilidad añadida de que
cada uno aporte su punto de vista y su quehacer singular. El deseo de
encontrar la unidad en la diversidad es el origen dinámico –o más bien, debería
ser- que impulsa la formación y la definición de patrias, países, naciones. Se
trata de términos más o menos equiparables, aunque depende de la época y el
contexto histórico en el que nos situemos.
El concepto patria se construye con elementos de integración,
con aceptación de la diversidad, en suma con la confluencia de factores
diferentes y variados. Estas patrias que propongo en estas líneas, nada tienen que
ver con la defensa de una patria que expulsa, reprime, margina, resta
diversidad, con una entidad política que se construye a la defensiva, contra unos
enemigos exteriores e interiores a los que nunca se pretende integrar,
perdonar, amnistiar. La patria en la que pienso, evidentemente, no es una,
única, grande, absorbente, libre para unos pocos autoseleccionados. Por el
contrario es una, dos, tres, depende, es poderosa porque reúne a patriotas de
muy diversa identidad que quieren estar juntos, promueve el compromiso de
buscar un bienestar compartido.
El reciente libro del historiador Nicolás Sesma ofrece un rotundo diagnóstico sobre la patria que construyó la dictadura franquista. No fue una, ni grande, ni libre. Ni tampoco fue la patria de un sólo militar que intentó aniquilar al pueblo derrotado. El dictador estuvo rodeado de dirigentes y grupos de poder, de sectores de la población, que le acompañaron fielmente en la persecución del supuesto enemigo. Su investigación aporta un nuevo y renovado punto de vista, respaldado con solvente documentación, una interpretación elaborada por un historiador nacido en la transición democrática.
Nuestras vidas están llenas de pequeñas patrias, que
no requieren tantas estructuras. Las patrias que nos habitan sirven para
mezclar sabores, melodías, colores, recuerdos, juegos, paisajes, músicas,
procesiones, desfiles, confesiones, relatos, tradiciones, pinturas, libros,
olores, afectos, texturas, temperaturas, adioses y reencuentros, pasiones y
decepciones, encuentros y compromisos, tareas y monumentos. Aquellos espacios
sociales a los que nos sentimos vinculados, en los que reconocemos que se
encuentra nuestro anclaje emotivo y sentimental, son las patrias que configuran
la biografía de cada uno de nosotros. En ellas habitan igualmente apátridas,
emigrantes forzados, exiliados, que han pasado de uno a otro lugar en busca de
una estabilidad y una identidad no resueltas.
Patria, en singular, es el nombre de la reconocida novela de
Fernando Aramburu, que inspiró una importante serie de televisión. El creador
de este aplaudido cosmos literario intentó descubrir y adentrarse en las
razones por las que ETA estuvo matando durante años para formar una patria que
excluyera a buena parte del pueblo vasco contrario a la independencia de ETA,
al sueño independentista que existía en sus cabezas. La conclusión del relato de
Aramburu va más allá de la condena de un terrorismo que impuso matar al esposo
de tu amiga, de tu vecina, a tu oponente, y plantea en el texto y en las
imágenes el reconocimiento de una sociedad vasca formada por diversas patrias y
tradiciones que requieren perdonarse y reconciliarse. Ofrece la oportunidad política
de abandonar las armas y la muerte para construir entre diferentes opiniones un
espacio social de convivencia y democracia.

La versión cinematográfica de este libro se puede descubrir en una serie producida para plataformas digitales (HBO, Movistar+ etc.) con un guion de ocho episodios. La patria vasca, única y excluyente, que defendió ETA durante décadas rompió convivencias familiares y relaciones de vecindario. En la serie, Bittori va a visitar la tumba de su marido Txato, pequeño empresario víctima mortal de ETA, y le promete volver al pueblo para descubrir la verdad de su muerte.
En términos de historia, tradición foral, gustos
gastronómicos y evocaciones musicales una de mis patrias es el Mediterráneo,
que sobre nuestra piel salada después del baño nos ha marcado el sabor amargo
del llanto eterno. Un mar y una cultura que, según Serrat, ha acogido a cien
pueblos de Algeciras a Estambul para pintarnos de azul nuestras largas noches
de invierno. Y a fuerza de desventuras y engaños ha transformado nuestra alma
colectiva en un espacio profundo y oscuro.
Otra patria que nos habita en nuestro país es la de las tres
verdades espirituales, la de las tres
culturas, árabe, judía y cristiana, en la que se practica la tolerancia y el
intercambio de saberes, siempre que los inquisidores no desaten su furia y
expulsen a tierra extraña a todos aquellos que no profesen un único credo,
grande y supuestamente libre.
Las patrias que reconoce la Constitución española de 1978 es
otro espacio político, más o menos federado, que reúne al Mediterráneo de la
antigua Corona de Aragón con los Dueros y Tajos de la Corona de Castilla. Desde
los campos castellanos y con ayuda de las naves del Guadalquivir nuestro país
se expandió por otras patrias más allá del Atlántico, espacios ajenos a lo que
representaron largos años de cultura clásica, romanización, cultura ibérica y
legado árabe.
No entiendo cómo se puede afirmar que la patria es única y
verdadera cuando descubrimos y evaluamos el amplio mosaico de creencias,
lenguas y sabores que caracterizan a los
espacios donde habitamos.