domingo, 8 de marzo de 2020

LOS AMNÉSICOS, DE LA PERIODISTA GERALDINE SCHWARZ

           La actual visibilidad femenina facilita asumir colectivamente las responsabilidades más cotidianas de la sociedad, y reconocer el papel ejercido por las mujeres tanto en el mundo privado del crecimiento personal como en el desarrollo del tejido social. Se acabó su espacio de invisibilidad. Hoy 8 de marzo ofrezco a los lectores del blog mi modesto homenaje a este cambio histórico, que significa colocarlas en plano de igualdad con los hombres.
Al trabajo oculto, que no clandestino, que practicaron durante siglos le corresponde ahora un reconocimiento laboral con un mejor salario y un reconocimiento moral ajustado a su influencia real, unas mejoras económicas y profesionales, después de haber ejercido en la sombra un poder imprescindible para garantizar la estabilidad social.
            Llegó el tiempo de dejar de existir como seres invisibles que no podían reclamar las medallas que les correspondían por cuidar de los mayores, de los hijos, de la educación, del espacio público de la ciudad, del respeto a la naturaleza, del sustento en tiempos de guerra y de la convivencia en los tiempos de paz. Llegó la oportunidad de no ignorar sus logros en todos los ámbitos culturales, científicos y económicos, donde algunas consiguieron situarse en el espacio público pese a la obstrucción patriarcal.
         Estas semanas se ha cruzado en mis pensamientos otra significación del concepto de invisibilidad femenina, que engarza con una palabra que representa una lacra social para varias sociedades europeas: amnesia colectiva. El motivo de esta nueva conciencia procede de la reciente lectura del libro de la periodista franco alemana Geraldine Schwarz, Los amnésicos. Historia de una familia europea, texto que luce el galardón de mejor ensayo europeo, editado en 2018. Cuando se impone invisibilidad a determinados sectores sociales a la vez que se promueve la amnesia en la sociedad, se pretende no reconstruir un pasado traumático y de sometimiento porque una parte de la sociedad impuso con violencia su programa a la otra parte. La amnesia nos sitúa ante sociedades enfermas que nunca avanzan en el ámbito del reconocimiento de lo que realmente son, naciones que nunca quieren identificar el origen real del que proceden y la diversidad de sus grupos sociales.


        Schwarz demuestra a lo largo de un extenso razonamiento muy bien documentado que el genocidio y los crímenes contra la humanidad realizados por los nazis, con el apoyo tácito francés del régimen de Vichy y de otras naciones europeas, contaron con la actitud cómplice de mirar hacia otro lado practicada por numerosos sectores sociales de su país. La periodista pone el acento en la amnesia asumida por la mayoría de alemanes. Esta actitud en alemán se define con la palabra mitläufer. Todos ellos fueron actores secundarios, pero actores participantes, en definitiva, en los crímenes contra la humanidad. Geraldine Schwarz desenmascara a los ciudadanos callados -entre ellos algunos de sus antepasados familiares-, que hicieron la vista gorda a lo que estaba aconteciendo, cedieron ante el atractivo de determinadas actuaciones del Reich que les producían beneficios, como fue el hecho de explotar negocios incautados a los judíos. No mostrar desacuerdo ante un gobierno criminal y dictatorial, y beneficiarse de sus arbitrariedades es, en realidad, una forma de complicidad.



         En el conjunto del marco cronológico que reconstruye su ensayo, desde 1939 hasta 2017, podemos reconocer que el retraso y la resistencia conservadora a revisar el golpe de estado franquista y la posterior dictadura de cuatro décadas en España, constituye un elemento no tan diferenciador de los olvidos practicados en Francia y Alemania para condenar el nazismo. Porque la misma resistencia social a aceptar en España una reparación política mediante la aplicación de una ley de memoria histórica para arrinconar la amnesia colectiva, existió en la sociedad alemana un deseo de no mirar su pasado. Una vez finalizado el III Reich se tardaron 40 años en reconocer públicamente los crímenes cometidos contra un amplio sector de la población en nombre de la limpieza étnica y el antisemitismo criminal.
Hasta 1985 no se produjo una confesión pública y explícita de un dirigente alemán, el presidente democristiano Richard von Weizsäcker, en unos términos que Konrad Adenauer o Helmut Khol nunca habían pronunciado antes. Weizsäcker reconoció la responsabilidad del pueblo alemán en el holocausto y su culpabilidad en los crímenes del nazismo antisemita. Hasta entonces el discurso oficial practicaba las ambigüedades, pese a que el juicio de Nuremberg promovido por los aliados hubiera intentado aplicar un veredicto ejemplar en los años 1945-46. Luego, la caída del Muro de Berlín consolidó ese reconocimiento de la culpa colectiva al revisar la locura social creada por Hitler y sus numerosos apoyos, tácitos o silenciosos, que encontró en la sociedad alemana.


Con Francia sucedió algo parecido, según la periodista Schwarz. Hasta 1995 no se reconoció ni se condenó el apoyo que obtuvo el holocausto en el territorio galo desde donde salieron trenes repletos de refugiados y judíos con destino a su muerte en crematorios instalados en territorios controlados por los nazis. Debieron pasar 50 años para que Jacques Chirac, presidente de signo conservador, decidiera enterrar la política defendida por los amnésicos europeos y reconociera públicamente que el régimen de Vichy, constituido en la Francia ocupada por los nazis, había participado en los crímenes del holocausto. El socialista Mitterrand durante sus largos años de poder omnímodo nunca asumió esa culpabilidad y su respuesta a las acusaciones de amnésico era: “Vichy no es Francia”. Los crímenes de Vichy no formaban parte de la gloriosa historia francesa en la que se cuenta que aquel período histórico sólo se superó gracias a la Resistencia de los franceses que consiguió echar a los nazis del país con la colaboración final de los aliados.
       En España era impensable que el franquismo pidiera perdón a sus víctimas republicanas. Después de los 38 años de dictadura de Franco, desde 1976 hasta la aprobación de la ley de memoria histórica que aconteció en 2007, pasaron 29 años, un plazo de tiempo en cierto modo más corto que el empleado por Alemania y Francia para superar la amnesia y reconocer la culpa. En estos países no se implantó al finalizar la guerra mundial una dictadura como la española.
Las corrientes de fondo que marcan el devenir social son especialmente lentas e invisibles en determinados temas en los que la culpabilidad y el trauma colectivo se esconden para poder hacer frente al presente, o simplemente porque la mordaza de una dictadura obliga a ocultar el dolor sin duelo para sobrevivir.
         Tal vez en esta combinación de invisibilidad con amnesia colectiva se encuentran las claves de la sorpresa y el dolor atávico que produce escuchar hoy en el parlamento español opiniones de la extrema derecha y determinados políticos conservadores que representan todo lo contrario de los valores de la democracia construida gracias a la actual Constitución y a la tradición de la II República. ¿De dónde salen esos rugidos, ese machismo hinchado de fascismo? ¿Cómo se han podido alimentar durante las últimas décadas valores de intolerancia y aniquilación del contrario?
Hasta ahora no se les había prohibido manifestarse, no se había decretado su invisibilidad. Pero se les había obligado por ley a  abandonar la amnesia y la manipulación de la historia colectiva pasada. Y, sin embargo, ahí se mantuvieron, transformados en larvas, hibernando en las cloacas del país, invisibles, mudos. ¿De dónde salen esos rugidos que promueven el miedo a la libertad y reclaman la presencia de dictadores salvapatrias? Quiénes no sólo les escuchan sino que también aplauden y lanzan por sus bocas los mismos insultos a la inteligencia ¿dónde han estado viviendo estos años, donde estaban agazapados, en qué país han nacido? Qué débil transmisión de valores democráticos se ha producido entre generaciones en nuestro país para desmontar la ideología franquista que ahora resurge de las tinieblas.
Leyendo el ensayo de Geraldine Schwarz descubrimos la amnesia que ha acompañado durante décadas a amplias capas de la sociedad europea y lo costoso que ha sido asumir la responsabilidad ciudadana de que el holocausto se produjo porque numerosos ciudadanos lo apoyaron. Pienso, como conclusión de mi reflexión, que se puede establecer una cierta relación entre las invisibles y los amnésicos, por tratarse de sectores sociales que no ayudan a superar acontecimientos traumáticos y estructuras injustas. Las primeras porque tienen prohibido participar en la vida pública y los segundos porque con su silencio dejan hacer a los dictadores fascistas y perdonan sus demostradas culpas.

(Las fotos (la puerta de Brandeburgo, el homenaje a las víctimas del holocausto, los restos del muro de Berlín) con que ilustro el artículo corresponden a un viaje a la capital alemana, realizado en otoño de 2008)

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