martes, 7 de abril de 2026

ESTRÓMBOLI, UN VOLCÁN SIN ISLA

Al llegar a la cima el olor a azufre se pega a todo el cuerpo y no te abandona en varios días. Durante el descenso va perdiendo intensidad, se diluye un poco el aroma en las ropas que te han protegido de la altura. Pero el olor a huevo podrido días después sigue penetrante e insoportable en las neuronas, habita el cerebro. Cuando se recuerda el viaje su sombra continua presente, viva, persistente.

El acercamiento a la isla italiana, a bordo del pequeño yate MY (Moto Yate) Aspara, un cazasubmarinos de la segunda guerra mundial transformado en embarcación de recreo, se produjo de manera inquietante en el verano de 1973. Los jóvenes que viajábamos a bordo -al mismo tiempo ejercíamos de tripulación-, tratamos de descubrir en el horizonte una gran isla con volcán en el centro, después de visitar Capri. Sin embargo lo que dibujamos poco a poco, en una silueta que se fue agrandando, fue un monumental volcán sin una isla alrededor que protegiera su base y ofreciera un entorno más continental.

Por esta razón, al llegar, resultó complicado atracar el barco. La nave quedó detenida al fijar su ancla en una cota submarina muy próxima a la línea de costa. Pero nada es estable en este espacio marítimo. Cuando al finalizar la tarde cambió la brisa por viento, la seguridad de que estábamos bien fondeados se desvaneció. El yate comenzó a desplazarse de un lado a otro con el ancla y su larga cadena colgando, completamente libres y sueltas por las aguas mediterráneas. Construir un puerto en este volcán parece una quimera. Un corto malecón cumple ese papel cuando no hay tormenta.

El regreso al barco, después de haber ascendido al cráter del volcán, fue caótico. Suerte que la mayoría de tripulantes estábamos fuertes, en edad universitaria. Era de noche, teníamos las dos motoras zodiac esperándonos en el pequeño malecón, que no puerto, de Estrómboli. Una vez dentro de las embarcaciones y haciendo señales de aproximación con las linternas intentamos acercarnos al yate mientras las olas nos alejaban de él. Resultaba complicado ascender por las escalerillas del barco. Lanzamos por las escotillas todos los objetos delicados que llevábamos encima, máquinas de fotos, documentación, ropa de recambio, gafas, cuando el movimiento del mar nos aproximaba al casco del barco. Después de prescindir de los accesorios, en la siguiente maniobra de acercamiento nos fuimos metiendo por las escotillas y agarramos las escaleras de cuerda como si nos hubiéramos convertido en artistas de circo. Todavía debieron pasar unas cuantas horas hasta que el capitán consiguió recoger el ancla y decir adiós al islote siciliano.

No sólo quiero evocar el penetrante olor a azufre y el complicado abordaje en esta crónica de viajes, también deseo recordar el ascenso al cráter acompañado por el sol más débil del atardecer. Así se puede gozar del cielo teñido de rojo por las erupciones. Accedimos a una senda con pendiente muy marcada, porque había que ascender a unos 400 metros en una distancia relativamente corta para dominar las diferentes bocas del volcán. 

En poco menos de una hora se llega a este punto medio de la montaña. De las ardientes bocas sale regularmente escoria piroclástica, magma y un material incandescente que ilumina la noche. Esta no es la altura final del cono invertido que las contiene. La cima se sitúa a 924 metros. El flujo de lava desciende a las aguas del mar Tirreno por la llamada Sciara del Fuoco (camino del fuego), observable desde la cubierta de un barco.

En combustión permanente desde hace 160.000 años, visto a distancia o contemplado en la proximidad, da lo mismo, su columna de humo no desaparece nunca. Este faro volcánico que ilumina el Mediterráneo, en especial la costa septentrional de Sicilia, es uno de los más activos y fascinantes del mundo. Al lado del gran volcán se encuentra un islote coronado por un faro, el Strombolicchio, un volcán más antiguo que se apagó 40.000 años antes de que rugiera su hiperactivo vecino.

La poca población de Scari se encuentra dispersa, alrededor de la iglesia. Nada invita a pensar que se cuida la oferta de establecimientos turísticos. Llama la atención la pequeña aldea de Ginostra, accesible sólo por mar, donde habitan unas 30 personas abstraídas por los rugidos permanentes del volcán, bendecidos por los baños en las aguas marítimas que les protegen, dedicados a la contemplación y aislamiento social. La canalización de agua corriente y el alumbrado urbano exterior brillan por su ausencia.

Estrómboli no es como La Palma, en las Islas Canarias.  Allá, en el Atlántico, sí que se descubre una gran isla con el volcán Teneguia, de actividad intermitente. Su última combustión fue cuando rugió sin parar 85 días desde el 19 de septiembre de 2021. Sepultó carreteras y casas con una lengua de lava de seis kilómetros que alcanzó el mar, después de modificar trágicamente la fisonomía de la isla que habitan más de 84.000 vecinos. Estrómboli acoge un volcán sin isla, como la mayor parte de las ínsulas Eolias que le acompañan. Su vulcanología inmemorial las une, sin embargo, al destino de las Canarias, más islas turísticas que cadena de volcanes amenazantes.