sábado, 21 de enero de 2012

POR DENTRO DE LA ANTIGUA XÁTIVA

            Es una tarde apacible de invierno. La aldaba de la noble puerta brilla gracias a los últimos reflejos del sol vespertino. La mano que representa refleja en silencio las huellas de miles de aldabonazos que durante siglos han producido visitantes y moradores de la elegante mansión. Se muestra pulida, muy pulida, como si acabara de estrenarse. Luce anillo y pulsera, como si se hubiera arreglado la modelo para un día de gala. Junto a la aldaba, el pomo de la puerta mantiene firme su potencia para poder empujar las sólidas puertas de madera resistentes al paso del tiempo. Las rejas de las ventanas y balcones mantienen las características de tradición y calidad. Seguro que salieron de las manos de herreros expertos de la comarca. En la estrecha y distinguida calle, todo parece antiguo, todo es antiguo. Edificios y aceras contienen una vida congelada en el tiempo.  Y, sin embargo, la gran mansión hoy se presenta nueva, con traje de fiesta, acaba de despertarse de un sopor histórico, gracias a la rehabilitación y a la puesta a punto que han renovado sus entrañas
            Los espacios públicos de Xátiva también disfrutan de esa reinventada vida urbana, que ha trasladado el siglo XV al recién estrenado cambio de milenio.  Imitando el ritmo de un ejercicio confidencial e íntimo, el rumor del agua de las históricas fuentes acompaña los pasos de viandantes y las conversaciones de esquina entre vecinos y conocidos. Las ruedas de los coches se deslizan por los brillantes adoquines como si pertenecieran a carruajes sin caballos, temerosas de producir ruidos incómodos para los residentes del centro histórico de la ciudad. Setos y macetas con flores de temporada, bancos para sentarse en rincones inesperados, acompañan al paseante en esta ruta marcada por un silencio histórico, en la que no es difícil reconstruir e imaginar la increíble vida social y urbana que marcó a Xátiva durante la etapa más floreciente de la historia valenciana.
            El viajero que ahora se pierde por el entramado de calles longitudinales y transversales de su núcleo antiguo constata que los setabenses llevan ya unos cuantos años comprometidos en la segunda reconstrucción de la ciudad. Esa puesta a punto para encarar los siglos venideros, ya tuvo una primera reconstrucción en el siglo XVIII, después de que el rey Felipe V mandara el saqueo e incendio de la ciudad por no aceptar el nuevo estado centralista impuesto por sus tropas borbónicas. La destrucción llegó tras perder los valencianos la batalla de Almansa frente al monarca. Aquel primer renacimiento de las llamas dejó una impronta de orgullo local, que sigue viva en cualquier conversación que se mantenga con los oriundos del lugar. El reto de hoy, en opinión de los setabenses, afecta sobre todo a la recuperación de una trama urbana, donde es posible vivir de nuevo con la integración de las comodidades de una ciudad moderna, asi como a la contextualización cultural de todo su legado patrimonial  y a la urgente rehabilitación de algunas joyas arquitectónicas cuya existencia futura estaba en peligro.
            El descubrimiento de Xátiva admite todo tipo de paseos, ajustados a la curiosidad y capacidad física del visitante. Se puede pasar de la visión de los pequeños objetos y elementos urbanos que marcan su fisonomía, a las importantes e interesantes historias que  encierran esas huellas del pasado, pequeñas o grandes, cercanas o lejanas, visibles o invisibles, viejas o renovadas, destrozadas o recuperadas. Porque tras una aldaba puede esconderse el linaje del Marqués de Montortal, benefactor de la vieja ciudad, porque con el rumor de una fuente reconstruimos el llanto de un recién nacido que luego fue el papa Alejandro VI, porque detrás de unos preciosas rejas que nos captan la atención por un instante está escrita la historia social del Hospital Real, ejemplo elocuente de cómo se regeneró la ciudad, tras ser incendiada por designio monárquico. Es una urbe que interesa tanto al que disfruta con lo que encuentra de manera espontánea en su azaroso paseo sin echar mano de una información previa,  como al visitante bien informado que busca corroborar aquello que ya ha aprendido antes en las páginas de libros y guías.
             El itinerario longitudinal por excelencia en Xátiva atraviesa de uno a otro lado el centro histórico. Tiene como límites urbanos y puntos más altos la cornisa de la Serra Vernisa y el castillo, y en la parte baja las copas de los grandes árboles de las avenidas Selgas y Jaume I. Las calles Corretgeria (antigua calzada romana) y Moncada marcan los tramos centrales de las dos rutas urbanas, una de ida y otra de vuelta, pensadas para espíritus acomodaticios. Los principales monumentos de la ciudad ofrecen todo su esplendor en este recorrido urbano, que durante siglos estuvo protegido por una soberbia muralla que ascendía por los extremos laterales hasta la sede de la fortaleza del castillo. En el jardín del Beso y la Fuente de los 25 caños, situados en el lado oriental, se conservan restos del lienzo de aquella fortificación. Las huellas de las ciudades medieval y moderna acompañan siempre este deambular callejero. Todo se ha modernizado en Xátiva, pero sin embargo las rutas a pie siguen siendo las mismas de nuestros antepasados. La trama urbana persiste en su eficacia de intercomunicación social como si fuera un fósil incorruptible.
            Los diferentes accesos y portales que permitían la entrada al recinto medieval (Cocentaina, Valencia, del Lleó, Sant Francesc, Santa Tecla etc.) marcan ahora el sentido de los itinerarios transversales que se pueden  realizar por el interior de la vieja Xátiva, y para ello el viajero debe estar dispuesto a subir y descender rampas, ascender por escaleras, calles y sendas hasta alcanzar la cota deseada. En este esforzado itinerario alcanzar la cima del castillo compensa al visitante por encontrarse con edificios históricos de gran belleza y espacios turísticos de recomendable parada y fonda. El ascenso al Castillo, en el caso de la capital de la comarca de La Costera, es también un itinerario urbano indicado para quienes les gusta descubrir el verdadero sentido de una ciudad situándose en el punto más alto. De ese modo se puede contemplar con una mirada amplia el conjunto urbano, sus diferentes zonas de desarrollo, el entorno geográfico y social que lo protege, el corazón, tronco y extremidades de esta urbe viva y reconstruida por segunda vez.
           
 

viernes, 20 de enero de 2012

LOS PLACERES HUERTANOS DEL REY SOL


El Rey Sol transformó el parque de Versalles en una residencia de lujo donde  los mejores arquitectos y artistas de la época pudieran desplegar sus innovaciones. La ordenación del espacio estaba orientada a mostrar de manera eficaz que la razón de ser de la vida social y política del país descansaba en el poder absoluto del monarca. Pero el legado que dejó Luis XIV en la Francia del XVII no solamente permite comprobar ahora en el escenario urbano de Versalles aquella estela de gobernanza absoluta que aplicó a sus actuaciones, sino también aspectos más privados de unas aficiones y gustos, que con frecuencia intentó alimentar a espaldas de los fastos palaciegos y los protocolos internacionales.
A escasos metros de palacio se reservó un espacio de 9 hectáreas, conocido como Le Potager du Roi (la huerta del rey)  para podar árboles frutales y cultivar exóticas legumbres que luego fueran ingredientes esenciales en las cocinas de la Corte. Conocida era la pasión de Luis XIV por comer los primeros higos maduros de su huerta, que se enviaban a donde estuviera de viaje para calmar su ansiosa espera. El desafiante monarca de las guerras europeas se transformaba en agricultor apacible cuando de regreso a Versalles cogía la azada y las tijeras de poda en su ordenada huerta, más cercana a la fisonomía de un jardín clásico que a una huerta del campo valenciano.
 



Las legumbres crecían junto a numerosos árboles frutales, cuya forma especial de poda ofrece hoy ejemplares desarrollados en un solo plano, pegados a la pared o a estructuras metálicas, con largas ramas horizontales o verticales, auténticos brazos de candelabros gigantes, dispuestas a recibir todo el sol y el calor posibles entre muros que los protegían del mal clima.
Este capricho verde del Rey Sol ha llegado a nuestros días como sede de la Escuela Superior de Paisajismo del país vecino, donde se compagina la enseñanza práctica con la explotación intensiva de más de 900 especies de frutas y hortalizas selectas. La producción anual de 30 toneladas de frutas, en especial manzanas, peras, higos, melocotones y albaricoques, y de 20 toneladas de legumbres es una excelente fuente de recursos económicos que permite garantizar en parte la investigación y el cultivo con métodos ecológicos y naturales. En la tienda de la escuela se pueden comprar esos productos para consumirlos en la cocina de casa. Pero la producción no es el objetivo principal del proyecto, ni tampoco la razón por la que se mantiene vivo y abierto. Se trata de seguir practicando una técnica tradicional de cultivo de frutales y legumbres en la que la poda es un arte de construir, con paciencia de años, esculturas vivas a la vez que caducas.
Al visitante, y sobre todo si la estancia se produce en otoño cuando los frutales duermen, estos aspectos visuales son los que más le sorprenden. El itinerario por las diferentes terrazas, el estanque central, el acceso por la puerta dorada del Rey, los invernaderos abiertos bajos las terrazas, el paseo intramuros que conserva el calor frente a los aires fríos y las bajas temperaturas, produce al observador la sensación fantasmagórica de estar rodeado por monstruos de cinco o siete brazos que miran al cielo tras años de esfuerzo e ingenio por conseguir esas caprichosas formas de cultivo de frutales.
La huerta diseñada por Jean-Baptiste La Quintinie (1624-1688), un abogado transformado en precursor de ecologistas después de un sorprendente viaje por Italia, esta dividida en una treintena de cuadrantes, especializados en cultivos diversos, con las legumbres situadas en la parte central y los frutales entre los muros de los itinerarios circundantes. El mantenimiento de una de esas parcelas corresponde  a los estudiantes de la Escuela, donde compaginan la ordenación del paisaje, con el cultivo de la huerta y el cuidado de animales de granja.


La Quintinie fue precursor en los cultivos huertanos pues consiguió complacer el paladar de Luis XIV al ofrecerle las fresas maduras en marzo, los espárragos en diciembre, los higos a comienzo de verano y las cerezas en el mes de las flores. Esas técnicas siguen practicándose en la actualidad. Los monitores que informan al visitante en el recorrido insisten que pese a la carrera tecnológica del mundo actual, en la ordenada huerta de Luis XIV los buenos resultados proceden del amor a la tierra y a todo lo que esta puede producir con agua, abono y una poda adecuada en cualquier estación del año.  

viernes, 16 de diciembre de 2011

RAFA DE CORRAL, LA METAFISICA DE LO URBANO

Por razones que no vienen a cuento seguí muy de cerca los primeros pasos del pintor bilbaíno Rafa de Corral, y ahora, unos cuantos años después, tengo la fortuna estética e intelectual de poder contemplar su última exposición que se presenta en el Colegio de Arquitectos de Valencia. De entrada, confieso que me ha llamado la atención la notable coherencia de sus creaciones desarrollada durante todo ese tiempo, la fidelidad a una poética que arrancó pegada al asfalto de la ciudad que pisamos cada día, la madurez, en definitiva, de un artista de carrera que, afincado en Valencia, sabe dar un paso más en cada muestra a partir de la aparente ciudad deshabitada y sin rostros que quiso dibujar cuando ofreció sus primeras exposiciones individuales a finales de los 90.
Cuando escribo este comentario tengo delante de mí un cuadro de pequeño formato de una calle sin nombre, de una ciudad sin nombre, una calle pequeña que puede estar en Montmartre, El Carmen o el Madrid de los Austrias. No importa, pero su imagen muestra amor y cuidado por ese espacio urbano, un callejón medio iluminado, sus balcones lucen macetas, sus pequeños árboles sombra. Nadie lo habita, pero está habitado. Intuyo que el pintor en este comienzo de camino quiere ser sobretodo observador, analista, respetuoso pero cargado de interrogantes. Como está empezando todavía no quiere calificar, como sabe pintar se comporta como un pintor académico y realista, aparente reproductor de la realidad urbana. Miraba la ciudad desde la ventana, desde las terrazas, desde las vias ferroviarias, desde las aceras. Un observador prudente que deseaba ir paso a paso.
Y precisamente esos orígenes son los que han permitido a Rafa de Corral comportarse ahora con la madurez técnica y la libertad de discurso estético, evidente en la exposición de Valencia. Porque por su alma y su cuerpo ha pasado todo un proceso creativo que le permite mostrar ahora con brillantez el interior arquitectónico, las estructuras técnicas, las formas geométricas que escondían los edificios antiguos de aquel apacible y convencional pequeño cuadro. Incluso más, el pintor, sigue proyectando sus formas sobre la ciudad, pero la urbe cada vez se encuentra más dentro de él, no necesita mirarla ni observarla. Muestra un afán permanente por recrear espacios metafísicos, y sin embargo afines a espacios posibles y conocidos, hermanados con formas y perspectivas que marcan la pintura de todos los tiempos. Creo que el soporte elegido de planos y diseños de un proyecto arquitectónico sobre cartón arrugado, en esta ocasión es un mero pretexto para hacer volar sus formas, para suspenderlas, si pudiera, de cielos inmensos, de horizontes enigmáticos. En esta muestra las pinturas son todavia planas, pero sus perspectivas estan reclamando salir del lienzo y quedar colgadas del techo.

Las evocaciones que sugieren sus composiciones remiten sin quererlo a la magnificencia de formas del edificio Veles i Vents, del arquitecto David Chiperfield, en la nueva marina del puerto de nuestra ciudad. Un edificio que goza de una perspectiva magnífica, pensado como planos monumentales que se deslizan unos sobre otros para crear palcos, tribunas, balcones, zonas de sombra desde donde contemplar el campo de competiciones naúticas.  Las formas contundentes, en ocres, negros y grises, de sus pinturas de perspectivas  a veces imposibles remiten a su imaginario vasco, en el que Chillida ha perforado el metal para sacarle aire, alma, emoción, como quien de la piedra o de los troncos de árboles construye una hazaña milenaria. Y los cielos es la parte más poética de sus composiciones, cielos de luz mediterránea que no sólo acompañan al sol sino que también expresan la tormenta, la gota fría, el vendaval, el granizo, la madrugada, el atardecer, la noche fría. 
Leo en el catálogo de la exposición que Rafa presentó en la sala de Renfe con el título de "Fragmentos urbanos" : "un observador interesado en descubrir las líneas, los volúmenes, los elementos industriales que conforman la ciudad. Mira desde las terrazas para perfilar el horizonte de antenas antes de fundirse con el inmenso cielo". Eso que escribí hace unos años me permite ahora añadir: Rafa ya no mira la ciudad, su observación le resulta pequeña, porque está dentro de sí mismo. La falta de proyecto al comenzar una carrera pictórica se compensa con la capacidad de observar, pero cuando ya se está en la madurez la observación se suple con la creación, con la intuición, con la búsqueda, con los impulsos de llegar a lo desconocido aplicando las técnicas que uno domina.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

LA COLECCIÓN DEL MUSEO DE ARTE DE VILAFAMÉS

Dos premisas para un proyecto cultural sólido y estable. Crear un museo de arte contemporáneo de carácter abierto, en el que la obra artística pudiera moverse y sustituirse según evolucionara la voluntad del artista. Abrir un museo que ofreciera al visitante una visión amplia, profunda y antidogmática de todo el arte pictórico y escultórico, con marca de excelencia, producido por importantes y diversas generaciones en nuestro país entre los años 60 y 90 del pasado siglo.
A partir de la ruptura estética radical provocada por las grandes vanguardias europeas de comienzos del siglo XX, el arte ya no podía echar marcha atrás. Y la creación artística se apuntó, entre los jóvenes, en España, a esa aventura radical, que se ilustra en Vilafamés,  añadiendo un referente propio, marcado por el antifranquismo y la nueva conciencia social de superar la mediocridad nacional y el aislamiento cultural del exterior.
            Estos argumentos barajados por el promotor y gestor de la colección museográfica, el crítico y ensayista valenciano Vicente Aguilera Cerni, hacen que el Museo de Vilafamés sea hoy imprescindible para conocer todas las tendencias que arraigaron en España antes del desembarco general de la posmodernidad en el discurso cultural. El visitante de esta institución  artística de carácter público, dependiente del Ayuntamiento del pueblo y de la Diputación de Castellón, no quedará defraudado si realiza un recorrido por las numerosas salas, teniendo vivo el sentido histórico  de esta colección, que reúne el mejor arte producido en España durante y después del franquismo.  También es significativa la presencia de obra internacional, pero ese no constituye el objetivo prioritario de la colección.  

Periferia cultural y rural

            Otro valor añadido al interés artístico de la obra que se expone y que también se conserva en sus almacenes, procede del espacio patrimonial y geográfico elegido para poner en marcha esa iniciativa cultural. En cierto modo, para hacerse eco del éxito alcanzado por la idea motriz del Museo de Arte Abstracto de Cuenca (mostrar y promover el arte moderno fuera de las relaciones sociales de la gran ciudad y de la cultura urbana), Aguilera Cerni buscó un pueblo perteneciente a una comarca del interior de La Plana Alta, con un centro histórico medio abandonado, y marcado por una larga historia en el tiempo.
Ese fue el continente adecuado para realizar un sueño y dar vida a una quimera cultural. El antiguo y deteriorado palacio del Bayle estaba esperando con los brazos abiertos una oportunidad para salir del abandono arquitectónico, mientras, paralelamente, tres mil vecinos buscaban un nuevo horizonte vital que reactivara la vida económica y social de su pueblo. Y así surgió el diálogo y el pacto entre una propuesta artística radical, innovadora, anticonvencional, y una sociedad conservadora, de fuertes raíces rurales, pero dispuesta a optar por un futuro mejor y progresivo.


            Cuando el Museo se abrió en 1972 (su creación se produjo dos años antes) no sólo se alineó con esa oportunidad de promover el arte contemporáneo desde la periferia española y a notable distancia estética del arte oficial del momento, sino que también pretendió poner en pie un proyecto cultural marcado por un compromiso social, que recoge claramente sus estatutos. El Museo de Vilafamés se crea como “una empresa colectiva cuyo destinatario es el pueblo… como núcleo de irradiación cultural, entendiendo que la cultura es un patrimonio colectivo interdisciplinar”.
            La innovación también se  aplicó a la relación con los artistas para acentuar el carácter abierto, dinámico e histórico de la colección museística. La relación contractual con el artista invitado a participar en el proyecto era y es variada: la obra permanece en depósito temporal o indefinido, puede ser o no ser vendida, y una tercera posibilidad es su donación desinteresada a la institución, al patrimonio cultural municipal del pueblo vilafamesino, el único propietario de la colección.

Trescientas obras
           
El Museo de Vilafamés siempre sorprende cuando se repite visita después de unos años de ausencia, porque parte de sus obras expuestas son renovadas habitualmente. Sin embargo, el esquema general de la colección y de la visita permanece intacto en lo esencial desde que Aguilera Cerni fijara su coherencia durante los primeros años. Yo he tenido la fortuna de poder asistir al momento fundacional y a sus diferentes renovaciones.
            Tras su rehabilitación en 1995 el Museo expone en una treintena de salas y jardines exteriores cerca de 300 obras, pinturas y esculturas, firmadas por dos centenares y medio de artistas. Pero esto es sólo la parte visible de la colección, porque su catalogación total dobla la cifra de obras expuestas, y el listado actual de creadores supera los cuatrocientos nombres diferentes. Un 40% son artistas valencianos, otro 40%  procede del resto de España y el 20% restante pertenece a nombres extranjeros.
            A Vicente Aguilera Cerni le gustaba definirse como un crítico de arte comprometido con su tiempo. De ese modo, si se marcan los hitos más significativos de su trayectoria vital y estética, será fácil establecer una descripción didáctica de los movimientos y tendencias mejor representados en la colección del Museo. Su vinculación directa con la génesis de determinadas propuestas artísticas en España, explica los lazos sólidos y estrechos que mantuvo con una numerosa nómina de creadores que transformaron en obra artística propuestas estéticas de Aguilera. El apoyo de aquellos creadores y la presencia de sus obras en el inicio del Museo, representaron y siguen representando el capital cultural más preciado de esta iniciativa museística.


            Entre 1956 y 1961 se formalizó en Valencia el Grupo Parpalló, con artistas muy apreciables y diversos, que practicaban desde la figuración al neoconstructivismo, reunidos por el denominador común de querer estar en el mundo y comprometidos con la sociedad.  Aguilera, tras la disolución del grupo, potenció una de las tendencias expresadas por el colectivo y creó Estampa Popular de Valencia, alternativa comprometida con la política y la cultura del momento sin mediar siglas de partidos políticos. Los nuevos lenguajes de la publicidad y de la reproducción múltiple de la obra de arte, así como la revisión de la gran Historia universal del Arte, marcaron los pasos de las formaciones valencianas Equipo Crónica (Rafael Solbes-Manuel Valdés) y Equipo Realidad (Joan Cardells-Jorge Ballester). El arte pop de raíz popular, guiado por la ironía estética y el afán crítico, ocupó el magisterio estético de Aguilera Cerni en ese tiempo. Otro movimiento artístico denominado Antes del Arte también marcó su recorrido crítico durante unos años en los que se adoró la imagen geométrica como si se tratara de un signo prehistórico. En la colección del Museo todas estas apuestas estéticas están ampliamente representadas.

Una treintena de salas

            La presencia de la experiencia Parpalló se muestra en los cuadros de Manolo Gil, situados en el puente evolutivo del expresionismo a la abstracción, en las materias de Ribera Berenguer y las integraciones de Salvador Soria. Todos los grandes paisajistas de esa época lucen obra en Vilafamés: Porcar, Genaro Lahuerta, Francisco Lozano, Luis Arcas, Progreso, sin olvidar el cromatismo de Ripollés.
            Cuando la abstracción se convirtió en geometría, arte cinético y efectos ópticos, surgieron las importantes obras que vemos en Vílafamés, realizadas por Eusebio Sempere, Julio Le Parc, Elena Asíns, Yturralde, Michavila, Soledad Sevilla.  Estas composiciones ocupan importantes salas del Museo, junto al intimismo de Hernández Mompó y Jordi Teixidor.
            La apertura del Museo coincidió con los años más brillantes del realismo crítico de los Crónica y Realidad, con los aislamientos de Anzo y las multitudes de Genovés, las importantes propuestas de Boix, Heras y Armengol y las críticas al capital de Antoni Miró,  muy relacionadas con el cartelismo del valenciano republicano Josep Renau. De esos años también procede la exhuberancia sensual de Urculo y Cillero, y los aires de copla española de Alcaín instalados en el altar del palacio, un homenaje a sus antiguos residentes como Doña Victoria Gavalda de Zorita y Hornavell, benefactora del pueblo en el XVII desde su elevada posición social. En la iglesia del centro histórico honran su memoria.
            Otras salas muestran la poética de Luis Gordillo y la revisión del informalismo que plantean José Sanleón, Uiso Alemany, Rafael Calduch y Miguel Angel Ríos.
            Tal vez lo más reciente corresponde a las incorporaciones de obra realizada en los últimos años del siglo XX con nombres representativos como los de Joël Mestre, Jesús Alonso, Javier Chapa, Equipo Límite, Javier Garcerá y Alcalá-Canales, entre otros.
            La pretensión histórica de la colección permite en las primeras salas del Museo recrear tiempos republicanos y círculos parisinos con Alberto, Manuel Ángeles Ortiz, Pérez Contel, Renau, o los primeros atisbos de europeismo marcados por Modest Cuixart y Martín Chirino.
             Son importantes las salas dedicadas a la cerámica  (Arcadi Blasco, Manuel Safont, Elisenda Sala…) y a la escultura de los años 80 (Ángeles Marco, Natividad Navalón, Pepe Romero, Amparo Carbonell…)
            Pero no pretendo en este texto ser exhaustivo en la enumeración de nombres y salas. Valga lo escrito para dar pistas suficientes y generar un justificado interés por conocer la colección. Ni qué decir tiene que la creación del Museo Popular de Arte Contemporáneo de Vilafamés fue pionera en España y especialmente en la Comunidad Valenciana. Años después de su apertura, otras iniciativas, la creación del Museo Reina Sofía, del IVAM y de otros numerosos contenedores culturales, superaron el vacío existente en la conservación del arte contemporáneo. En Vilafamés, Vicente Aguilera Cerni, ayudado por numerosos artistas, puso las bases de cómo hacer perdurar la obra de arte más allá del tiempo histórico que la genera.


           
           

jueves, 24 de noviembre de 2011

EL VERSALLES DE MARIA ANTONIETA

          La población de Versalles representa en la monarquía francesa lo que Aranjuez, El Escorial o el mismo Madrid encierran de historias de las largas dinastías de los Habsburgos y de los Borbones en nuestro país. Cuando Luis XIV, el Rey Sol, a mediados del XVII decidió transformar un pabellón de caza en luminoso y reluciente palacio, a un tiro de piedra de Paris, quiso transformar sus bosques y el nuevo urbanismo del lugar en imagen social del poder absoluto. Y así es, un auténtico escenario teatral donde sólo se puede representar la comedia de “Yo soy el Rey”, el ombligo del mundo conocido, el centro del universo.
Del mismo modo que tres anchas avenidas (Paris, Sceaux y Saint Cloud) conducen necesariamente al viajero a la puerta de palacio como si fueran tres rayos situados en las 4, 6 y 8 horas de un reloj utópico, desde los balcones de Versalles el Rey era el centro de la naturaleza, de todas las miradas de nobles y plebeyos. Desde palacio nadie se escapaba a la mirada de Luis XIV, perdido en el horizonte de un paisaje geométricamente perfecto y abrumador por sus dimensiones.
Noviembre no es un mal mes para visitar este paraje, la lluvia ligera se entremezcla con el sol suave, las hojas caídas de los monumentales plataneros crean alfombras amarillas, naranjas, casi rojas. Mi destino en realidad era el teatro de palacio, Opera Royal, situado en el ala norte e inaugurado con motivo de los esponsales de Maria Antonieta con el futuro Luis XVI. El estreno del ballet Marie Antoinette, creado por el bailarín y coreógrafo Patrick de Bana, a partir de la dramaturgia que le elaboré para poder ofrecer su historia resumida en dos actos y ocho escenas, subía por primera vez a ese escenario en una producción del ballet de la Opera de Viena, que dirige el francés Manuel Legris.
Se trata de un teatro de 750 localidades, muchas de ellas pensadas para asistir de pie, apretado en estrechos palcos, a la gran comida que la familia real protagonizaba abajo en el reconvertido patio de butacas. Los Reyes hacían siempre su vida cotidiana en público, hasta se divulgaba oficialmente la noche que hacían el amor. Era el espectáculo permanente de la Corte. Por eso Versalles sigue siendo un escenario.
La figura de esta joven princesa, nacida en Viena y guillotinada en París por la Revolución burguesa de 1789, proyecta todavía en Versalles una sombra alargada, melancólica, sensual, romántica, trágica. Si diriges tus pasos por el Versalles íntimo del pequeño Trianon, donde la reina reunía a sus amistades más cercanas, lejos de las miradas cortesanas, sin protocolo, en su pequeño teatro, en sus jardines, en su pequeño templo dedicado al amor, la presencia de un cisne blanco te puede permitir tocar el placer de un mundo aparte, lejos del poder y la gloria. La aldea rural construida en este rincón de Versalles era el parque temático de sus amigos e hijos donde recuperar el contacto directo con los animales, el gusto por la agricultura ecológica, los sabores y rumores naturales.
La leyenda de Maria Antonieta sigue alimentándose hoy con libros, películas, diseños, perfumes. En la librería de los Príncipes los visitantes encontramos un atractivo bazar de calidad para recrear sus gustos rococos, su vida, sus infortunios, sus cartas, su muerte. Es tal vez el personaje de la desaparecida dinastía francesa de los Borbones que más tinta sigue consumiendo en el tiempo actual. Hasta el guionista y biógrafo de Luis Buñuel, Jean Claude Carrière, se ha atrevido a escribir su verdad historia para un film de televisión nacional. Porque fue una inesperada heroína de tragedia clásica.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

GUIA PARA DESCUBRIR EL HIMALAYA


       La editorial Triangle, con la colaboración de Librería Patagonia y Club Marco Polo, ha presentado en el Centro Excursionista de Valencia la primera guía en castellano que se edita en el mundo para realizar los circuitos de trekking por el Everest y los Annapurnas. Lo habitual es plantearse esos desplazamientos de cumbres de más de 3.000 en viajes organizados con agencias, pero esta guía realizada por el experto Sergi Lara da toda la información precisa para también andar y ascender con autonomía y en solitario.
         Más de quince libros especializados en rutas de montaña acreditan con nivel de excelencia al geógrafo Sergi Lara (Barcelona, 1973) en la travesía que propone por el macizo del Everest y los dos grandes circuitos en torno a los Annapurnas. Su experiencia en programar grandes viajes para agencias especializadas le permite tener no sólo la información adecuada sino también las vivencias para lanzar algunos consejos a los deseosos de cumplir esos destinos viajeros: no hay que ir con los días contados porque la aclimatación, en especial a partir de los 4.000 metros, exige añadir días no previstos de adaptación del organismo; la media de 2 o 3 kms hora mientras se asciende es el ritmo de paseo recomendado para una adecuada aclimatación; las rutas propuestas están dotadas de alojamientos rurales con cama y comida caliente, lo cual en alta montaña es un regalo; se recomienda salir desde Katmandú donde se encuentran  todos los planos y libros posibles sobre el Himalaya.
         Hasta ahora esa información sólo estaba escrita en inglés y francés. Con la iniciativa de Triangle, editorial cuya sede social se encuentra en Menorca, los aficionados al trekking internacional tienen el Himalaya más cerca y descrito en castellano. Marzo y abril son los meses  recomendados para esos viajes, los horizontes limpios convierten el paisaje en esa época en cuadros de pinturas del realismo mágico. Pero también en otoño se puede programar un mes por las cimas de Nepal y Tibet.

jueves, 13 de octubre de 2011

CECILIA BARTOLOMÉ, EL CINE DE LA TRANSICIÓN

El festival de cine hecho por mujeres, promovido por la asociación de mujeres de la escena teatral Dones en Art (la escritora y actriz Antonia Bueno es su presidenta) me ha permitido reencontrar el cine de la alicantina Cecilia Bartolomé, después de un tiempo no haber visto algo nuevo de su escasa obra cinematográfica. Y precisamente lo que ví fué una pieza de "arqueologia cinematográfica", que me sorprendió en positivo: el mediometraje con el que Cecilia se licenció en la escuela de Madrid, y que le supuso aprobar la carrera de realización. Pero de poco le sirvió, porque la valentia de algunas escenas de su trabajo final de carrera inquietaron profundamente a la censura, que decidió condenar a Cecilia a no trabajar y mandó su mediometraje a la hoguera. Por fortuna un influyente hombre de cine franquista, según nos contó la realizadora, sacó clandestinamente una copia de "Margarita y el lobo". Y precisamente esa cinta "ilegal" es la que hemos podido disfrutar en Valencia.

La película es un producto fresco, divertido, crítico, con pretensión de musical, hecho con medios escasos pero de uso muy inteligente. Se trata de una narración de varios episodios de una joven que se casa en principio enamorada, pero que al poco tiempo pretende descasarse en un pais donde solo se administraba el matrimonio canónico y para toda la vida. 



El encanto de la lógica reza el titular de una atractiva biografia que existe sobre la vida y obra de Cecilia Bartolomé. Pero a esta compañera de promoción de Pilar Miró, Patricio Guzmán, Manuel Gutierrez Aragón y Josefina Molina, lo que para ella es lógica, para otros asentados en el poder es espíritu excesivamente critico. Por ello, en cierta medida, ha sido una experta en producir cine para la censura. De poco le sirvieron los consejos de sus profesores Berlanga y Borau  para que fuera más complaciente, pues su supuesta lógica, que ella más bien califica de sinrazón al describir las cosas tal como son sin olvidarse del humor, no le permitió ejercer la profesión que quería y le obligó a trabajar en el cine publicitario para mantenerse activa. Siempre le quedó la fortuna de tener al lado un excelente compañero y marido como es el caso de Jose Luis Alcaine, maestro del buen cine español, y compartir pasión por el cine con su hermano Jose Juan, implicado también en el mediometraje.

En la Historia del Cine Valenciano, editada por Prensa Ibérica y Filmoteca valenciana, tuve la oportunidad de entrevistar a esta realizadora cuando sólo contaba en su filmografia con los títulos "Vamonos, Bárbara" y  "Después de ..." A raíz de la visión de "Margarita y el lobo" se completa mi juicio y mi incondicional simpatía por esta lúcida alicantina que aprendió lo que es la vida en la antigua colonia de Guinea, en Fernando Poo, hasta que dió el salto a la metrópoli para estudiar cine y chocar con una sociedad bajo control, incapaz de digerir el espíritu iconoclasta del mayo del 68.